Él, al que yo hubiese amado tanto;
él, que derramó el más leve susurro de égloga
en el azul de mis mañanas;
me dice con ternura que le olvide,
que le olvide sin adiós y sin lágrimas.
Él, el que hechizó de música mi alma,
se aleja dulcemente como una vela blanca.
Yo que llevo tantos sueños enterrados
y que cuento tantas tumbas en el alma,
no sé por qué sollozo y por qué tiemblo
al cavar una más en mis entrañas.
(Fdo: Marisa)
Una sociedad que no sabe reírse de sí misma está condenada a la extinción
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*Vivimos en la era del ofendido permanente, del chiste perseguido y del
humor con lista de temas prohibidos. Hay algo profundamente enfermizo en
una civi...
Hace 1 día

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