Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...

sábado, 28 de julio de 2018

Poesía inédita española del siglo XIX (y 2)

Y como segundo ejemplo de poesía inédita española del siglo XIX rescatamos del olvido este poema humorístico publicado en el periódico "El Eco de daimiel" en el siglo XIX.

LA COLIFLOR

En buena tierra plantada,
regada con agua impura
y al calor de la basura,
pronto crecí alborozada.
Hoy, doncella codiciada,
a ninguno le disgusto,
y como a todos doy gusto
y libre y feliz me veo,
alegre me balanceo
sobre mi tallo robusto.

Soy fea, yo me alabo,
soy rechoncha, no gentil,
mas quiérenme el perejil,
el cardo, el apio y el nabo;
quien diga que tengo pavo,
que soy sosa, fría, yerta,
vive Dios que no lo acierta,
que si bien se me examina
soy la tajada más fina
de las tajadas de huerta.

Comida sola doy miedo,
pero aquél que mi cogollo
prueba mezclado con pollo,
de gusto se chupa el dedo.
Por lo tanto, decir puedo
sin modestia ni rubor,
pues que en todo comedor
mi nombre se inmortaliza,
¡Soy la mejor hortaliza!
¡Me llamo la Coliflor!

José María Díez

viernes, 27 de julio de 2018

Poesía inédita española del siglo XIX (1)

Hoy y mañana vamos a incluir dos ejemplos de poesía inédita española del siglo XIX. Ambos ejemplos fueron publicados en el periódico "El Eco de Daimiel" en dicho siglo y hasta ahora nadie los había rescatado del olvido... y ambos nos traen como regalo una sonrisa. Este es el primero:

ANTES DE LA BODA:

Mi querida Rosalía:
Recibe en estos renglones
las más finas expresiones
del que sin ti moriría.
Te quiero tanto, alma mía,
que para mi eres la gloria;
no te vas de mi memoria
a ninguna hora del día.
Estoy tan lejos de ti,
que maldigo de mi suerte,
y le pido a Dios la muerte
antes que seguir así.
¡Adiós, mi amor, mi consuelo!
¡Hasta mañana a las tres!
Siempre tuyo, como ves,
tu fiel amante Carmelo.

EL DÍA DE LA BODA:

Queridita Rosalía:
Sólo tu mandato escucho;
nos queremos mucho ¡mucho!
Siempre juntos noche y día.
No hay felicidad igual,
ni dicha más estimada
que el unirse uno a su amada
con el lazo conyugal.

DESPUÉS DE LA BODA:

Ya no hay quien te sufra a ti,
no se te puede aguantar.
A mi suegra he de matar
si no se larga de aquí.
Todo el día en la oficina,
por la noche en el café.
¿Y a mi qué me cuesta usté?
¡Se lo diré a la vecina!
No me irrites, Rosalía,
y cometa un desatino
aunque me cueste el destino.
¡Lástima de cesantía!

UN AÑO DESPUÉS DE LA BODA:

Al año de matrimonio,
Por cosas que no refiero,
quedó cesante en febrero...
Porque cayó Don Antonio.
Y fue tan grande el disgusto
Y tan atroz la reyerta,
Que dejó a su suegra tuerta,
y él tuvo que huir el bulto.
Carmelo se fue a Bilbao
a probar nueva fortuna,
y de paso encontró una...
partida de bacalao.

J. Abós

miércoles, 25 de julio de 2018

Manuel Prieto Peromingo


Fue mi maestro y amigo, el que guió mis primeros pasos en el maravilloso mundo de la poesía. Como Catedrático de Lengua y Literatura dedicó toda su vida a la enseñanza, primero en Zaragoza y más tarde en Zamora. Ahora, bien ganada la jubilación, sigue viviendo en Zamora y yo sigo aquí recordando con cariño todo lo que me enseñó.

Por ejemplo, me animó desde el principio a que me atreviese con todo tipo de composiciones puesto que no se puede lograr mejorar en nada si no es con esfuerzo. Gracias a él comprendí también que la belleza de la poesía está en la traslación sencilla de los sentimientos, que no son necesarias la métrica y la rima, pero sí el ritmo y el corazón.

A la hora de elegir alguna poesía suya para compartir con vosotros, me he decidido por estas dos, dos acrósticos. El primero se titula “Un mes y tú tranquilo”, y me lo dedicó “al mes de saber que tú también haces poesías”; el segundo se lo dedicó a su novia –que luego sería su mujer- y lo compartió conmigo, como tantas otras cosas:

UN MES Y TÚ TRANQUILO

Vas sudando la lucha serena,
Intranquila, del tiempo,
Con las manos abiertas al mundo,
Estrenando la vida y la sangre,
Nacida de la luz tan de repente.
Trampa abierta en tu paz
Entre tu asombro de joven que renace.

Fuego que hiela las entrañas niñas,
Inútiles aún, a punto siempre,
Siempre esperando,
Acaso sin saberlo,
Con los ojos alegre un primer llanto.

MARIBEL

Mírame estas manos que te llaman siempre,
A través de un gran amor hacia la vida,
Repletas de fe y rojas de esperanza;
Intenta hallarme en ti, tuyo, y cuando me halles
Búscame en el cielo y en la tierra, solo,
Entre los hombres que lloran y que luchan,
Limpiamente, como a un alma o a una espiga.

Nota.- Extraído del libro "La primavera y los cerezos" (Vicente Fisac, editorial Bubok: http://www.bubok.es/libros/221390/La-primavera-y-los-cerezos )

lunes, 23 de julio de 2018

El último viaje

La tarde estaba lluviosa, con una tenue luz mortecina, un resplandor extraño que difuminaba los últimos y casi invisibles rayos de sol sobre el asfalto. El suelo brillaba; resbalaba a veces. El tráfico iba en aumento: era la última hora punta del día. Cada vez había más gente por la calle y todos iban como ausentes, sin mirarse, sin comprenderse. Edificios altos, contaminación, seres hacinados. Era Madrid, pero muy bien hubiera podido ser cualquier otra ciudad, otro monstruo urbano de los que cada vez abundan más. Todos circulaban como hormigas atareadas, deprisa, sin chocarse. En vez de escuchar, simplemente oían. Cada instante que transcurre en una gran ciudad muere un poco el ser humano y crece el robot viviente.

Al doblar una de las esquinas de las muchas calles que desembocaban en la Gran Avenida, hacia el final, apareció Miguel.
Su paso era lento, desacostumbradamente lento e incluso a veces titubeante. Su anorak estaba desabrochado y la capucha le colgaba arrugada por la espalda. Las minúsculas gotas de lluvia, que prácticamente flotaban en el ambiente, le habían empapado el pelo y la pechera descubierta de su camisa. ¡Era todo tan inhabitual en él...! Siempre tan metódico y ordenado, tan acostumbrado a ir perfectamente abrochado y sin mojarse el pelo... No cabía lugar a duda: algo le sucedía.
En la mano llevaba un papel y, en un momento dado, su mano se crispó y lo arrugó. Después, con fuerza y sin cuidado, lo introdujo en su bolsillo. Sus ojos parecían como llorosos... o tal vez fuese la lluvia que resbalaba por su cara.

Siguió caminando despacio. A veces se paraba. Vio una luz roja y hacia allí se dirigieron sus pasos: era un pub. Al llegar a la puerta, esta vez no dudó. Como si de antemano conociese el lugar se dirigió a la barra. Pidió un café irlandés mientras se desabrochaba y se quitaba el anorak. Respiraba hondo, entrecortado, y con las manos se limpió el agua de la cara. Se quedó fijo, mirando al camarero, siguiendo paso a paso el proceso de preparación de lo que había pedido. A su lado, apenas dos personas; más allá, sentados por los rincones en cómodos sofás, algunas figuras (posiblemente parejas de enamorados) aunque desde la barra apenas si se les distinguía. La música estaba a todo volumen y apagaba los susurros de los clientes. Se respiraba un aire despejado, con un cierto aroma de alcohol.

El camarero se acercó hasta él y depositó la copa sobre la barra. Miguel la recogió. También recogió el posavasos, quizás en un intento de volver a su ordenada normalidad, y se dio la vuelta. Avanzó unos pasos buscando un rincón tranquilo, un rincón vacío de parejas. Por fin lo encontró.
A su lado colocó –ya con cuidado- su prenda de abrigo y –con cuidado también- se sentó. Se apoyó contra el respaldo y muy despacio se llevó la copa de fino cristal hasta los labios. Dio un primer sorbo y el calor, el café y el alcohol, le hicieron sentirse más a gusto; una sensación reconfortante después de haber soportado la inclemencia del exterior. ¿Cuánto habría caminado hasta llegar aquí? ¿De dónde vendría? ¿Qué hacía a estas horas y en un día con tan mal tiempo, en la calle?

En sus ojos, resplandecientes, la humedad que se percibía no era lluvia sino un llanto mudo que iba acompañado de una mirada triste que se perdía en el fondo de la copa de cristal que sostenía entre sus dedos. Se llevó la mano a los bolsillos, rebuscando algo, y ese algo era el papel que poco antes había arrugado y guardado. Tembloroso lo extendió sobre la mesa y lo miró fijamente. En la cabecera aparecía impreso el nombre de un doctor, en medio una jerga médica que no entendía y, al final, una última frase: “Calculamos que la esperanza de vida no podrá prolongarse más allá de un año”.
Permaneció inmóvil y después se inclinó apoyando los codos en la mesa, sujetándose la cabeza con las manos y arando el pelo con los dedos. Trataba de ordenar su mente; al fin y al cabo ya no había remedio, tendría que afrontar –con valentía o cobardía ¡daba igual!- los hechos.
Se llevó la copa a los labios y bebió un nuevo sorbo, después un trago. Se recostó otra vez sobre el respaldo. Cerró los ojos y pensó, tenía que encontrar el rumbo a seguir a partir de aquél momento puesto que todo ya no podría ser igual que antes. No tenía una fecha concreta, pero estaba claro que su fin estaba cercano, que casi se podía tocar con la yema de los dedos.

Cuando entró en el pub oyó la música atronadora que apagaba los demás sonidos. No se dio cuenta de más, quizás porque su preocupación, su angustia interior era tanta, que su intensidad bloqueaba por completo la receptibilidad de todos sus sentidos. Sin embargo, una vez había transcurrido un cierto tiempo en aquél ambiente empezó a discernir los sonidos y se dio cuenta de la música que amenizaba el local. Era Serrat. Eran canciones antiguas, de cuando él tenía veintiún años. No eran canciones cualquiera: cada una de ellas, cada compás, cada letra, cada frase, le llevaba a la memoria pasajes de otro tiempo. Los ojos, de repente, se le llenaron de ayer.

Como si estuviera en el trance de la muerte, ya separada el alma de su cuerpo (al que se ve allí abajo mientras se siente uno succionado por un túnel y en la retina del alma comienzan a destellar todos los flashes del pasado), comenzaron a desfilar ante él muchos rostros conocidos: amigos a los que hacía ya muchos años perdió la pista, pero, sobre todo, rostros femeninos, los de aquellas mujeres  que significaron algo para él. También ellas se habían quedado atrás, un día cualquiera, en el olvido. Y las quería; a todas las quiso siempre por uno u otro motivo, bien fuera por amistad, por amor o por instinto.

Pero la historia, su historia confusa donde la realidad, los sueños y los anhelos se entremezclaban de tal forma que no era capaz de distinguirlos, llegaba ahora a su final. Cuando llegase, no estaba seguro si sería capaz de distinguir lo real de lo imaginado. En cualquier caso, para él, todas esas experiencias, reales o inventadas, formaban parte de su equipaje, de su aprendizaje en esta travesía terrenal. Cometió –y soñó también- muchos errores, pero siempre buscó la forma de dar sentido a su existencia y la palabra “dar” y la palabra “mujer” formaron siempre parte de ella.

Apuró su copa y salió de nuevo a la Gran Avenida. Su menuda figura, vacilante, en medio de la llovizna, se fue perdiendo por el horizonte y sus huellas se borraron para siempre con la lluvia. Ya sólo quedaría en esta tierra la débil sombra de un recuerdo.

domingo, 22 de julio de 2018

Dulce loro de juventud


Parodiando aquella mítica película “Dulce pájaro de juventud”,  basada en la novela de Tennessee Williams e interpretada por Paul Newman, he querido dar este título al siguiente relato de cuya veracidad doy fe. Para empezar y para poneros en situación, os diré que a mí siempre me han gustado los loros, quizás porque de joven tuve uno. Se lo regaló un paciente agradecido a un tío mío que era médico, pero el loro ya apuntaba maneras de parlanchín y como era muy sociable siempre quería estar rodeado de la familia en vez de quedar aislado en una habitación sobre su percha metálica bajo la cual había una plataforma para que cayesen allí sus cacas y cáscaras de pipas. Era de color verde, con algunas plumas amarillas y también algunas de color rojo en su cabeza. Resultaba gracioso verlo moverse de un lado a otro de la percha haciendo gestos como de querer ir hacia ti al tiempo que emitía algunos gritos, sus primeros pinitos como vocalista. Sin embargo daba pena ver cómo estaba atado a la percha por una cadena que le impedía ir más allá de su recinto asignado. Todo aquello no encajaba en esa familia por lo que le preguntaron a mi padre si lo quería y este sin dudarlo dijo que sí.

Su llegada a nuestra familia fue todo un acontecimiento. Allí pudo comprobar cómo todos estábamos pendientes de él. Le hablábamos, le dábamos mimos, y nos lo poníamos en el hombro y lo dejábamos caminar por la casa porque no queríamos verlo todo el día encadenado a su percha. Algunas veces, incluso, me lo ponía en el hombro y bajaba a la calle a pasear con él, despertando la admiración de cuantos pasaban a nuestro lado. El loro fue aprendiendo un amplio vocabulario (loro, lorito real, dame la patita, lorito guapo, jajajaja, ¡coño! ¡hola! ¡diga! pobre lorito, pobrecito loritito, etc.) y se convirtió en una inestimable herramienta para ligar en los guateques que organizaba en casa. Aunque el loro era muy simpático y sociable, la verdad es que a la hora de elegir prefería la compañía de mujeres, y si eran guapas y jóvenes, mucho mejor. Deduje por eso que era un loro macho… y muy macho. Cuando ellas, engatusadas por sus arrumacos se lo acercaban al pecho y la cabeza del loro quedaba en medio del canalillo, el loro entraba en éxtasis y sus ojos empezaban a hacerle chiribitas mientras emitía un sonido de felicidad equivalente al ronroneo gatuno. Otras veces lo ponía encima de la mesa y le mostraba una gamuza amarilla, entonces él se lanzaba a por ella como si fuese un toro y yo le daba pases taurinos mientras él se partía de risa después de cada lance. También, gracias a él, pude saludar al Dúo Dinámico. Esto sucedió una vez que lo dejé en la barandilla de la terraza (como vivía en un octavo piso, me aseguré de atarle su cadena a dicha barandilla) y no presté más atención hasta que al cabo de un rato volví y me dio un vuelco el corazón al no verlo allí. Corrí hasta la barandilla y escuché muchas risas en la terraza de al lado. Me asomé, y allí estaba él, en la mano de la mujer de un famoso locutor de radio; se había convertido en el centro de atención de todos, gente del espectáculo como los cantantes Manolo y Ramón, conocidos como el Dúo Dinámico. Aunque la cadena seguía enganchada en mi barandilla, era lo suficientemente larga como para dejarle irse de guateque a la terraza de al lado, y allí estaba él en su salsa, riendo y diciendo “lorito real” y esas cosas que encandilaban a la audiencia. Fueron tiempos felices, años de juventud que compartimos mi loro y yo. Sin embargo un día, nunca supimos la causa, apareció muerto. Cuando alguien viejo se muere, se siente pena pero se reconoce que ya era viejo y eso es lo que corresponde al llegar a cierta edad; sin embargo, cuando muere alguien joven, el dolor es mucho mayor porque en teoría le correspondería haber vivido  mucho más. Y este fue el sentimiento que tuve con mi loro… tendría que haber vivido mucho más y haber disfrutado juntos de la vida como en esos pocos pero intensos años que lo tuve.

Pasaron los años. Muchos años. Yo estaba en la madurez e intercambiaba toda clase de  objetos (música, sellos, videos, etc.) con un amigo noruego. En una ocasión, este amigo me envió una cinta de video en donde había grabado diversos programas de la televisión de aquél país. Revisando ese video me encontré, de pronto, con un reportaje en donde entrevistaban a la dueña de un loro que era exactamente igual al mío, y ese loro hablaba (aunque en este caso en noruego) y reía (ese sí que es un idioma universal) igual que él. Me enterneció ver aquél reportaje y no pude menos que recordar a mi añorado loro.

Después siguieron pasando los años. Muchos años. Un buen día estaba haciendo limpieza y apareció en el fondo de un cajón esa olvidada cinta de video. Me acordé entonces del reportaje del loro y me dispuse a verlo de nuevo. Como la vez anterior me hizo reír y enternecerme… pero caí en la cuenta que entre un visionado y otro habían pasado muchos años. “¿Qué habrá sido de aquél loro? ¿Seguirá vivo?”, me pregunté.

Para salir de dudas no había otro camino que escribir a la dueña del loro y preguntárselo directamente. Visioné otra vez el vídeo pero allí solo aparecía en sobreimpresión el nombre de la dueña. Está claro que sólo con el nombre del destinatario no puedes enviar una carta a Noruega ni a ningún otro país. Decidí entonces investigar y me metí en la web de NRK, la televisión noruega. Al menos tenía el nombre del programa y sabía el mes y año en que mi amigo lo había grabado. Con esos datos fui navegando por sus archivos hasta que por fin encontré las referencias de aquél programa, aunque me decepcionó comprobar la poca información que había al respecto, tan sólo pude averiguar el nombre de la región en donde se grabó la entrevista.

Me dije que por probar no se perdía nada, así que escribí una carta en cuyo sobre sólo figuraba el nombre del destinatario, el nombre de la región geográfica, y el nombre del país; algo así como si en una carta para España pones “Pepe Pérez, Valle del Jerte, España”. Es difícil que llegue a su destinatario ¿verdad? Dentro le explicaba esta historia y mi curiosidad por saber qué había sido de aquél simpático loro después de tantos años. En espera de su respuesta, si es que alguna vez la carta llegaba a su destino, le indicaba cuál era mi dirección de e-mail, porque los tiempos habían cambiado y con Internet ya todo era inmediato.

Para sorpresa y alegría mía, unas semanas después me llegó un e-mail en donde ella certificaba que le había llegado la carta (quedó demostrada la eficiencia de los carteros noruegos… y quizás también el hecho de los pocos habitantes de aquél país). También me contaba su grata sorpresa al recibir tan insólita carta y me informaba que el loro seguía vivo y feliz, viviendo ahora en la cercana ciudad de Tromso en la casa de su hermano, a quien le gustaban mucho los animales y tenía varios pájaros, algún otro loro y hasta un perro que hacía buenas migas con el loro. Supe, por cierto, que en realidad no era un loro… sino una lora. Y ella, que se llamaba Rulle, seguía viviendo feliz, hablando, riendo… y emocionándome como siempre al recordar a mi querido loro, a mi dulce loro de juventud.

“Un loro al teléfono”
https://youtu.be/XPgybJIdvEM
 
“Un loro en la ducha”
https://youtu.be/SIflsiUp1Ww
 
“Un loro noruego muy animado”
https://youtu.be/QjKZTQ4BeGw