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domingo, 12 de enero de 2020

La Naturaleza es una oración


En su obra “Pan” el escritor y premio nobel noruego Knut Hamsun, hace un encendido elogio de la Naturaleza. En uno de sus capítulos, en concreto, hace una oración que –aunque el propio protagonista la llama pagana- no puede estar más imbuida de una religiosidad profunda, una religiosidad verdadera ya que, como dijo alguien “Dios no entiende de religiones”.

Esta es la oración:
“¡Gracias desde el fondo de mi ser por las calladas noches, por las montañas violáceas en crepúsculo, por el ruido del mar que repercute en mí cual si fuera yo roca viva; gracias por esta vida que no merecí, por el aliento que dilata mi pecho y por la gracia suprema de vivir esta noche, en que la presencia de Dios se siente en el aliento de la tierra y en el susurro de los árboles, y en el silencio de los animales, y en la atmósfera, y en el rutilar remoto de los astros… Gracias por dejarme percibir que la mano divina ha tejido con amor igual la vasta maravilla del mundo y el prodigio humilde de mi existencia… Gratitud infinita crezca en mí por ver en el espejo de mis ojos el cabecear del bosque, la tela de araña, la rosa, la espina y el cielo; por escuchar la barca que entra en el puerto con acompasado remar, por ver la aurora boreal que ilumina el cielo hacia el Norte. Gracias, Señor, por haberme dado esta alma inmortal en tu infinita grandeza; gracias, en fin, por ser yo el que estoy sentado aquí, gozando el silencio sugeridor de este espectáculo nocturno, cuya belleza incomparable pone casi lágrimas en los ojos y risa en los labios!”.

Si en algún sitio puede sentirse la presencia de Dios ese lugar no es otro que la naturaleza, cuando sabemos fundirnos con ella en un abrazo.

sábado, 11 de enero de 2020

Elogio de la Naturaleza


Uno de los escritores que más admirablemente han descrito las emociones que transmite la comunión con la Naturaleza ha sido el premio nobel noruego, Knut Hamsun. En su obra “Pan” deja algunos párrafos memorables de la sensación que proporciona contemplar la grandiosidad de la naturaleza incluso en sus más minúsculo detalles. Este es un ejemplo de cómo algo tan nimio, tan simple, tan insignificante, tan poco digno –aparentemente – de atención, es una obra maestra que colma de satisfacción nuestros sentidos:

“Un gusanillo verde escalaba, infatigable, un árbol; sus ojos, casi ciegos, apenas le servían y a veces erguíase y palpaba en el vacío, temeroso de nuevos obstáculos, semejante a un hilo verde que cosiera por sí solo, misteriosamente”.

Y así, nos narra en esta misma obra, a qué extremos llega su amor por la Naturaleza:
“Movido por esta ternura que impele mi amor hacia las cosas más menudas, me inclino y recojo una ramilla seca: está casi podrida, su endeble corteza no ha podido preservarla de la muerte… Al proseguir no la tiro lejos sino que vuelvo a inclinarme para dejarla en el mismo sitio, sin violencia, como si fuera un ser sensible; y aun antes de alejarme, me vuelvo a mirarla con los ojos nublados; sin darme plena cuenta de que hay una fuerza ingenua, grande y nueva en mí, que me dicta esta ternura y este adiós”.
¡Ojalá que todos los seres humanos que habitamos en este momento nuestro deteriorado planeta, fuésemos capaces de ver y de sentir la naturaleza von estos ojos.