Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...

Mostrando entradas con la etiqueta caballos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta caballos. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de abril de 2024

Hípica (y 2)

No obstante la vida da muchas vueltas, nos prepara inusitadas sorpresas y, entre ellas, una experiencia insólita que paso a contaros. Se trata de mi postrero, de mi aislado y último contacto con la Hípica a lomos de un auténtico caballo. Pero ¿qué sucedió? Para compartir con vosotros esta historia os invito a cerrar los ojos, subir a un avión imaginario y viajar hasta Argentina.
 
Por aquél entonces llevaba varios años trabajando en la compañía de agroquímicos ICI-Zeltia (hoy Syngenta) como Jefe de Publicidad. Como me ocupaba, entre otras cosas, de colaborar en la organización de viajes y convenciones, el comercial de Meliá Viajes, con quien contratábamos muchas veces dichos eventos, me invitó a participar en un inolvidable viaje a Argentina junto con los responsables de Publicidad de otras compañías. Fue así como por primera y única vez crucé el charco y visité Buenos Aires y las cataratas de Iguazú, pero también hubo otra visita: a una auténtica hacienda argentina, de esas que vemos en las películas, con los gauchos, el ganado... y los caballos.
 
Tras la correspondiente visita nos ofrecieron una espectacular comida a base de asados –como la ocasión lo merecía- amenizada por un grupo de folklore local. Al terminar la comida nos dijeron que hiciésemos lo que quisiésemos hasta la hora de la partida, tomar copas con barra libre, pasear por allí o... montar a caballo.
 
Naturalmente yo elegí sin dudar esto último y me dirigí al lugar donde había algunos caballos atados a los árboles, paciendo tranquilamente. Elegí uno, me acerqué, lo acaricié... parecía manso. Me subí, cogí las riendas y... ¿Alguna vez habéis intentado arrancar el coche y se os ha calado? Pues eso mismo me pasó: el caballo no arrancaba. Le di palmaditas, tiré de las riendas, clavé los talones de mis deportivas como si llevase espuelas, le chisté para que se moviera... nada, ni un milímetro. Así que al cabo de unos interminables minutos intentándolo todo, sin conseguir del precioso caballo ni el más minúsculo movimiento, me bajé del mismo y regresé cabizbajo donde estaban todos los demás (que habían preferido el deporte de la “barra libre” tomándose una tras otra toda clase de bebidas alcohólicas). Esa fue mi gran suerte, que sólo yo había intentado lo de montar a caballo (los demás prefirieron seguir sentados tomando copas) y nadie vio mis esfuerzos por arrancarlo para finalmente, vencido y humillado, regresar con el grupo. Como el que no se consuela es porque no quiere, por lo menos me queda el consuelo de haber sido uno de los pocos jinetes a los que un día... se les caló el caballo.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.

domingo, 21 de abril de 2024

Hípica (1)

El término “Hípica” se refiere a todo lo relacionado con los caballos, y en especial con los deportes ecuestres, aunque la asociación más normal que nos llega a la mente al oír esta palabra es la de carreras de caballos. Sin embargo la Hípica comprende muchas modalidades además de las carreras de caballos, están ahí, por ejemplo, las competiciones de doma, de campo a través, de saltos de obstáculos, etc.
 
Ya desde pequeño me gustaba aquello de montar a caballo, bien fuese cuando me llevaba a cuestas mi padre, o cuando cabalgaba montado en un palo, o cuando me subía “a caballo” del gran y bonachón perro que había en la finca de mi abuelo, e incluso cuando no había ni padre, ni palo, ni perro, galopaba sobre un caballo imaginario dándome azotes en el culo mientras decía “¡arre, arre!” para ir más deprisa.
 
Afortunadamente el hecho de pasar mi infancia en un pueblo facilitó que pronto subiera a lomos de los equinos y, en este sentido, mis primeras andanzas ecuestres fueron en burro. Pero que nadie piense que aquello era fácil, porque estos animales hacen honor a su nombre y son muy “burros” y si quieren ir por un camino no hay quien les haga cambiar de idea. De niño, pues, aprendí a  montar en burro, primero acompañado por algún mayor y después alguna que otra vez, yo solo. Nunca fueron grandes recorridos los que realicé pero eran, a fin de cuentas, mis primeros contactos con la Hípica.
 
Poco después, ya más crecidito, otro gran paso adelante me esperaba: montar en mula, que son esos hijos estériles de yegua y asno o de caballo y burra. El caso es que en la finca de mi abuelo, había muchos de estos animales, los cuales se utilizaban para tirar de los carros, bien fuesen de paseo (tartanas, tílburis, etc.) o destinados a las faenas del campo (carros, galeras, etc.). Al principio montaba sobre su grupa cuando estaban uncidos al carruaje y ya, más tarde, también alguna que otra vez, cuando estaban sueltos.
 
La Hípica proporciona una comunión entre el hombre y la bestia, aunque la mayor parte de las veces es más bestia el que monta que el montado. Esa cercanía y contacto con el animal es una sensación que no dan otros deportes, a lo que hay que añadir el entorno en que se practica tan noble y milenario deporte: el campo.
 
Pero sigamos con la historia, aunque en esta ocasión me temo que va a ser muy corta. Y la corto porque a los nueve años me vine a vivir a Madrid, en donde los únicos caballos son de potencia de motor, y ya sólo iba a Daimiel en los veranos e incluso a partir de los 16 años eran el sexo femenino y los amigos los que me atraían, más que unos bucólicos paseos por el campo. Esto quiere decir que me olvidé por completo de la Hípica, con la única excepción de alguna carrera que fui a ver al Hipódromo.
 

Si escribes “Vicente Fisac” en Amazon, podrás ver todos los libros de este autor.