jueves, 10 de julio de 2008

Las ventajas de la dictadura

Pero ¿cómo me atrevo a decir eso? ¿Es que tienen algo de bueno las dictaduras? Pues sí, todas las cosas tienen algo bueno, aunque sea de forma involuntaria. Por ejemplo, una dictadura hace crecer la imaginación de la gente para salvar la rígida censura sin ser penalizados por ello. Como botón de muestra tenéis el cine: grandes directores como Berlanga, Saura, etc. fueron capaces de hacer feroces críticas a la dictadura utilizando la imaginación, diciendo sin decir, utilizando dobles lecturas, etc. Incluso estoy seguro que más de una vez incluyeron a propósito alguna escena “censurable” para que los censores se fijasen en ella y así pasasen desapercibidos otros aspectos de la película.

Ahora, como el efecto muelle indica, hemos pasado de la dictadura represiva contra el uso de otros idiomas, a la dictadura represiva contra el uso del español. Por eso, propongo usar la imaginación para vencer –de manera legal- la represión lingüística que padecemos y cada vez vamos a padecer más.

Un reciente ejemplo de dictadura es la que imponen los nacionalistas catalanes cuando multan a los que rotulan sus comercios en español (idioma oficial de España que debería convivir –en teoría- con el idioma de Cataluña, el catalán; pero que en la práctica se ve represaliado). Frente a abusos como este, propongo dos alternativas:

1.- El comercio numérico

Ante esta represión de la más rancia y acomplejada dictadura yo propongo luchar con imaginación. Por ejemplo, si obligan a rotular en euskera, catalán, etc. y el comerciante no desea hacerlo pero tampoco desea ser sancionado por ello, la solución es simple: rotular sólo con números. ¡Se acabaron las palabras!

En realidad, con la información del precio bien visible, es suficiente para el consumidor. Ahora bien, si se quiere destacar una oferta, en vez de poner “oferta” en el idioma que sea, se puede poner un “-40%” por ejemplo, o el precio antiguo tachado y luego el nuevo rebajado, como ya se hace habitualmente. También se pueden usar símbolos, como la hucha (para el ahorro), las hojas de calendario o fechas marcadas (para señalar “últimos días”), etc. Y si se quieren “rotular” secciones, no hay por qué escribir “lácteos”; con el dibujo de una vaca lechera, un cántaro de leche, etc. es más que suficiente.

¿Os imagináis la cara de un “inspector lingüístico” cuando entre en este establecimiento y no vea ni una sola palabra en ningún idioma, sino sólo números y dibujos? Mientras tanto, cualquier posible comprador (español, turco o finlandés que pase por allí, entenderá perfectamente la información. Y esto último, es lo único que de verdad le importa a cualquier comerciante.

2.- El comercio mudo

Sin embargo la dictadura lingüística va más allá y hasta proponen que los dependientes de los comercios atiendan a los clientes en el idioma local y, sólo en el caso de que este último no entienda nada, se les hable en otro idioma. Como veis esta dificultad añadida es más difícil de sortear legalmente, pero la imaginación puede con todo y aquí va una propuesta alternativa: el “comercio mudo”.

En realidad, para cualquier transacción comercial sencilla no es necesario hablar, sino sólo guiarse por gestos. ¿Cómo si no hacían los fenicios o los romanos o los…? O más próximo a nosotros: ¿cómo hacemos nosotros cuando vamos de compras a Egipto o a un pequeño pueblo del interior de Croacia en donde no hablan ni siquiera el inglés? Pues para eso están las manos, los números y el salero mediterráneo.

Un comercio mudo debe poner –eso sí- unos rótulos escritos en 10 ó 12 idiomas en los que indique algo así como: “En este establecimiento respetamos el derecho al silencio y la tranquilidad de nuestro barrio y por ello nos abstenemos de hablar con nuestros clientes. La información del precio de cada artículo está debidamente indicada y si desea hacernos alguna pregunta procure hacerlo de tal forma que nuestra respuesta pueda ser ‘sí’ o ‘no’ a fin de que podamos responder con un gesto de la cabeza. Gracias por mantener el silencio de este lugar.”

De esta forma, el dependiente no se verá obligado a expresarse en un idioma en el que no desea hacerlo…o en el que no desea que le obliguen a hacerlo. Y si se quiere ser más drástico, hay una opción mejor: contratar personas sordomudas para atender a los clientes. No sólo estaremos haciendo un bien social dando trabajo a estas personas -por otro lado, perfectamente capacitadas- sino que ningún "inspector lingüístico" será capaz de arrancarles una sola palabra en ningún idioma.

En conclusión: Cada uno debe hablar en el idioma que desee y cuando desee hacerlo. Y si algún gobierno dictador quiere imponer un idioma en tu comercio, entonces siempre te queda la oportunidad de adherirte al ¡comercio mudo!

2 comentarios:

WeirdyetCool dijo...
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Anónimo dijo...
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