Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...
Acto II
Al levantarse el telón, se revela el mismo salón-comedor,
ahora envuelto en una penumbra melancólica. La mesa de la cena ha sido
recogida, dejando solo un mantel descolorido y un par de sillas desordenadas. A
la derecha, Miguel está hundido en el sillón de terciopelo, un libro abierto
sobre su regazo pero sin leerlo, perdido en sus pensamientos. La lámpara emite
una luz tenue que proyecta sombras largas sobre la librería polvorienta al
fondo. El aire parece cargado de una quietud inquietante.
Escena I
MIGUEL (hablando para sí mismo, con voz baja y
reflexiva): Es extraño lo que pasa en esta casa. Somos un matrimonio joven, con
un hijo que es una joya, y sin embargo nos peleamos por su cariño como si fuera
un trofeo. La culpa es de Aurora... insiste en mantenerlo pegado a sus faldas,
en contra de mí. ¿Cómo no ve que Pedro ya es un hombre? Si consigo la
separación, tal vez pueda llevármelo conmigo. (Se palpa el bolsillo de la
chaqueta, buscando tabaco, y frunce el ceño al no encontrarlo.) Vaya, me he
quedado sin cigarrillos. Iré a mi cuarto por otro paquete.
(Sale Miguel. El escenario queda vacío por un instante.
Entra Aurora, con pasos cansados, mirando a su alrededor.)
AURORA (hablando para sí misma, con un suspiro): ¿A dónde
habrá ido Miguel? En fin, me sentaré a descansar un poco. (Se hunde en un
sillón frente al de Miguel, sumida en sus pensamientos.) ¿Qué querrá hablar
conmigo? Seguro que es por Pedro. Esta noche se comportó de forma tan
extraña... no parecía él. ¿Será que ya es un hombre y yo no lo había notado?
Estaba distante, pero no con esa indiferencia de siempre cuando nos veía
discutir. Lo que dijo sobre el matrimonio... tan raro, tan hermoso... ¡Qué
lástima que Miguel sea tan egoísta, queriendo acaparar a nuestro hijo! No hay
manera de hacerle entender que mi opinión cuenta. Si tan solo nuestro noviazgo
hubiera tenido más sinceridad y menos materialismo... Creíamos que el dinero
nos daría felicidad, pero qué equivocados estábamos. (Mira el reloj con
impaciencia.) Miguel no aparece... iré por el cesto de costura para distraerme.
(Sale Aurora. Tras un breve silencio, regresa Miguel con
un paquete de tabaco. Se sienta, enciende un cigarrillo y exhala el humo
lentamente, pensativo.)
MIGUEL (hablando para sí mismo, con amargura): Aurora
sigue en la cocina, ordenando como siempre. (Pausa.) Parece mentira... todas
las mujeres son iguales, siempre queriendo dominarnos. Se hacen pasar por
corderitos al principio, pero luego usan sus armas para controlarnos. Recuerdo
a Aurora cuando éramos novios, tan dócil, diciéndome que solo yo podía
dominarla. ¡Qué ironía! He perdido mi toque de domador, porque ahora ella
manda. ¡Qué vida tan miserable! Si pudiera volver a vivirla... creo que me
enamoraría de nuevo de ella. La sigo queriendo con toda mi alma, pero se empeña
en alejarme de Pedro, en robarme su afecto. No lo permitirá; me lo llevaré
conmigo. (Pausa.) Tal vez otro hijo hubiera evitado esto, pero ya es tarde.
Tendremos que seguir caminos separados, olvidando los momentos felices... no
todo fue malo, hubo amor en su día. (Su voz se quiebra.) Cuando nació Pedro,
estaba tan nervioso... y qué alegría cuando la enfermera me dijo que era un
niño. Vi a Aurora en la cama, con él en brazos... fue el momento más feliz de mi
vida. Luego el doctor nos advirtió que no debíamos tener más hijos; fue un
golpe duro. Pero Pedro llenó ese vacío con sus risas, su sencillez... Nunca fue
un gran estudiante, pero siempre fue bueno, leal, sin egoísmo. Es un milagro
que haya salido tan bien con padres como nosotros, tan egoístas, tan llenos de
defectos. Daría todo por volver a esos días... lo daría todo, porque con la
separación lo perderé todo. (Pausa. Entra Aurora y se sienta frente a él.)
Bien, Aurora, es hora de hablar. Tratemos de resolver esto como adultos, si no
por nosotros, al menos por Pedro.
(El escenario se oscurece brevemente y se ilumina de
nuevo, enfocando a Aurora y Miguel frente a frente.)
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros
están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
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AURORA: Vamos a cenar.
(Miguel deja el libro en la mesita y se sienta. Aurora
sirve la sopa. Pedro se santigua y murmura una oración en voz baja. Sus padres
lo miran, desconcertados. Tras un instante de confusión, Miguel prueba la
sopa.)
MIGUEL: ¡Esta sopa está asquerosa!
AURORA: ¿Qué le pasa a mi sopa?
MIGUEL: ¡Es una porquería! Me voy a cenar fuera, ¡estoy
harto de tus guisos! (Se levanta abruptamente.)
AURORA: Por si no lo sabes, esta receta me la enseñó tu
madre.
MIGUEL: ¡Deja a mi madre en paz!
AURORA: ¡Eres tú quien me hace mencionarla!
PEDRO (golpeando la mesa): ¡Basta ya! ¿Queréis explicarme
qué pasa en esta casa?
AURORA: Eso no te concierne.
PEDRO: ¡Me importa tanto como a vosotros! Soy vuestro
hijo, y mi felicidad depende de la vuestra.
(Aurora y Miguel lo miran, atónitos.)
AURORA: No te metas en esto. Eres un niño y no entiendes
nuestras cosas.
PEDRO: ¿Un niño? Tengo veinte años. No podéis seguir
tratándome como si estuviera pegado a vuestras faldas.
AURORA (convenciéndose a sí misma): Para mí siempre serás
mi niño, aunque lleves pantalones largos y fumes.
PEDRO: No me siento hombre por eso, sino por mis actos.
MIGUEL: Pedro, te noto cambiado. ¿Qué te ha pasado?
PEDRO (enfadado): ¡Nada! ¡Solo que ya es hora de que me
preocupe por lo que me rodea!
MIGUEL: Ayer no te interesaba nada de esto.
PEDRO (desanimado): Estoy harto de callar y sufrir en
silencio.
MIGUEL: Me alegra que te preocupes por nosotros, pero
dejémoslo para después. ¿Por qué te reíste de Aristóteles?
PEDRO: Porque los tiempos cambian. Filosofía, religión...
todo debe evolucionar con el mundo.
AURORA (interrumpiendo): ¿Alguien me explica qué pasa
aquí esta noche?
MIGUEL: Te lo cuento luego.
(Aurora nota la herida en la frente de Pedro.)
AURORA: ¡Pedro! ¿Qué te ha pasado?
PEDRO (tocándose la frente con temblor): Nada importante.
AURORA: ¿No te pones algo?
PEDRO: No es necesario.
MIGUEL (a Aurora): Trae el segundo plato.
(Sale Aurora. Pausa.)
MIGUEL (a Pedro): ¿Cómo fue la excursión?
PEDRO: ...Bien, nos divertimos mucho...
(Entra Aurora con la merluza y sirve.)
AURORA: Pedro, ¿dónde dejaste la mochila?
PEDRO: En mi cuarto, detrás de la puerta. Te la doy luego
si quieres.
MIGUEL: Seguro que esta merluza está tan mala como la
sopa.
AURORA (cambiando de tema): Oye, ¿vas a hacer esa fiesta
el domingo?
PEDRO: ¿Por qué cambias de conversación?
AURORA: Todo lo que pasa en esta casa me concierne.
Dijiste que habría una fiesta.
PEDRO: Lo olvidé.
MIGUEL: Aquí mando yo... hasta que me vaya.
PEDRO: Otra vez con lo mismo. El matrimonio es una
sociedad donde ambos mandan, con la felicidad como capital para los hijos.
AURORA: Este calor le ha sentado mal a mi hijo.
PEDRO: ¿Otra vez? ¿No puedo hablar libremente?
AURORA: Sí, pero sin decir tonterías.
PEDRO: No son tonterías, son verdades.
AURORA: ¿Vas a saber más de la vida que nosotros?
PEDRO: Tal vez sí. No soy tan joven como creéis.
AURORA: Pedro, deja de decir cosas raras. ¿Te pasó algo
hoy? Te veo extraño.
PEDRO: No, nada.
MIGUEL: Antes no te interesaba nada, y ahora quieres
resolverlo todo.
PEDRO: Hay un día en que te acuestas niño y te despiertas
hombre. Eso no se explica.
MIGUEL: Pero el mundo no tiene remedio.
AURORA: Si seguimos así, no sé a dónde iremos a parar.
PEDRO: A la destrucción, si nada cambia.
MIGUEL: Con las guerras, acabaremos volados.
PEDRO: No hacen falta bombas. La mente puede destruir
todo.
(Los padres lo miran, perplejos.)
MIGUEL (sonriendo): Esta noche te ha dado por la
filosofía.
PEDRO: La filosofía es la base del mundo. Destruye lo
ilógico, y como el mundo está lleno de eso, lo transformará.
AURORA: No digas tonterías. Sé realista si quieres
triunfar.
PEDRO: El idealista no avanza porque cree que no puede
cambiar el mundo. Si lo intentara, lo haría mejor.
AURORA: Una persona sola no puede girar el mundo.
PEDRO: No me refiero a eso exactamente.
MIGUEL (a Aurora): Trae el postre.
(Aurora recoge los platos y sale. Pausa.)
MIGUEL (a Pedro): ¿Qué tal con tu novia?
PEDRO (vacilante): No sé, es difícil de decir...
MIGUEL: ¿Cómo que no sabes? ¿Qué te pasó esta tarde?
PEDRO: No me siento bien, no sé qué digo.
MIGUEL: ¿Te gusta Cristina, la hija de los González?
PEDRO: ¿Cuál?
MIGUEL: La pequeña, de diecinueve años. Te mira mucho.
PEDRO (disimulando): Gracias por decírmelo, tal vez me
fije en ella.
MIGUEL: ¡Cuidado! Si no la quieres, no la ilusiones.
PEDRO: Descuida, actuaré como quieres.
(Entra Aurora con el postre—plátanos—y se sienta.)
MIGUEL (cogiendo un plátano): Menos mal que como algo
decente.
(Aurora lo mira con desprecio.)
AURORA: Pedro, ¿cuántas parejas vendrán el domingo?
PEDRO: No lo sé.
AURORA: Si son los mismos de antes, pueden venir. Yo
prepararé aperitivos. (Recoge la mesa.)
PEDRO (a Miguel): ¿Me dejas el libro de Aristóteles?
MIGUEL: Sí, está en la mesita. Tómalo.
PEDRO: Te lo devuelvo pronto.
MIGUEL: No hay prisa.
(El escenario se oscurece lentamente. Se baja el telón.)
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Acto I. Escena II
(Entra Pedro, con una mochila al hombro. Su rostro está
tenso, y una pequeña herida adorna su frente.)
PEDRO: Hola, mamá. (Deja la mochila junto a la puerta y
se detiene, como evaluando el espacio.)
AURORA: ¿Qué hay? (Pausa.) Lávate las manos y siéntate,
que voy a servir la cena.
PEDRO (volviéndose hacia Miguel): Hola, papá.
MIGUEL: Hola. ¿Qué tal lo has pasado?
PEDRO (titubeando, improvisando): ...Muy bien... ¿Qué
estás leyendo?
MIGUEL: Uno de los libros antiguos de tu abuelo.
PEDRO: ¿Cuál de ellos?
MIGUEL: Uno de Aristóteles... pero ¿desde cuándo te
interesa esto?
PEDRO (nervioso, buscando una excusa): Pues... hace algún
tiempo que me ha dado por leer... (Intentando cambiar de tema.) ¿De qué trata?
MIGUEL: Aquí Aristóteles habla de la unicidad del alma,
de que no puede separarse del cuerpo salvo con la muerte.
PEDRO (soltando una risa seca): ¡Qué tontería!
MIGUEL (sorprendido): ¿De qué te ríes, Pedro?
PEDRO: Mira, con el tiempo, la técnica nos permitirá
extraer el alma y la voluntad de un cuerpo e implantarlas en otro.
MIGUEL (con escepticismo): Parece que has estado leyendo
demasiada ciencia-ficción. ¿De dónde sacas eso?
PEDRO: Verás, te lo explico...
(Entra Aurora, interrumpiendo.)
AURORA: ¿Te has lavado las manos, Pedro?
PEDRO: No, ahora voy. (Se dirige hacia la puerta
equivocada.)
AURORA: ¿A dónde vas? El baño está por allá. (Señala en
dirección opuesta, sonriendo débilmente.) ¿O no lo sabes?
PEDRO (disimulando): ¡Ah, sí, claro!... iba a dejar esto
en mi cuarto. (Toma la mochila y se corrige, dirigiéndose al baño. Aurora lo
sigue con la mirada.)**
MIGUEL (bajando la voz): Espera, Aurora. (Pausa.) ¿No te
parece que Pedro está raro?
AURORA: ¿Por qué lo dices?
MIGUEL: No sé... algo en su actitud.
(Sale Aurora. Silencio. Pedro regresa tras un momento,
paseándose por el escenario con una mirada distante, como si viera el salón por
primera vez. Miguel lo observa, frunciendo el ceño. Aurora entra con una
sopera.)
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Al levantarse el telón, se revela el salón-comedor de una
familia de clase media. La escena está bañada por una luz cálida pero tenue,
típica de una noche otoñal. A la derecha, Miguel está hundido en un sillón de
terciopelo gastado, leyendo un libro bajo el resplandor de una lámpara de mesa.
Junto a él, una mesita desordenada con tazas vacías y un cenicero lleno.
Detrás, una librería polvorienta con volúmenes antiguos; a la izquierda, una
mesa de madera rústica donde los platos de la cena esperan a medio preparar,
con un mantel arrugado que sugiere descuido. El ambiente está cargado de una
tensión silenciosa.
Escena I
MIGUEL (levantando la voz, con un tono irritado):
¡Aurora!
AURORA (fuera de escena, con voz cansada y distante):
¿Qué...?
MIGUEL: Ven un momento, por favor.
AURORA: ¿Para qué?
MIGUEL: Tenemos que hablar.
(Entra Aurora, secándose las manos con un delantal. Su
rostro refleja agotamiento.)
AURORA: ¿Más todavía?
MIGUEL: Creo que hay un motivo lo bastante importante
como para que hayas estado preocupada estos días.
AURORA (con sarcasmo): ¿Cuál? ¿Nuestra separación?
MIGUEL: Sí. ¿Te parece poco?
AURORA: Las razones que nos han llevado a esto son tan
fuertes que no veo por qué debería preocuparme. Hazlo tú si quieres; al fin y
al cabo, eres el culpable de todo.
MIGUEL (con amargura): Claro, como siempre, la culpa
recae en mí. Pero dejemos eso ahora.
AURORA: ¿Por qué? ¿Temes que tus argumentos no aguanten?
MIGUEL: No es eso. Pedro puede llegar en cualquier
momento. No debemos arrastrarlo a nuestros problemas. Ya debe estar sufriendo
bastante por nuestra culpa.
AURORA (con un dejo de reproche): Di mejor, por tu culpa.
MIGUEL: Por favor, Aurora, parecemos niños peleando por
un juguete. Sabes que Pedro es lo primero para los dos.
AURORA (tras una pausa, suavizando el tono): Tienes
razón. (Pausa.) ¿Qué hora es, Miguel?
MIGUEL (mirando su reloj): Las diez y cuarto.
AURORA: Lo siento, voy a servir la cena. Me extraña que
Pedro se retrase tanto. Si quieres... hablamos después.
MIGUEL: Como quieras.
(Se hace un silencio pesado. Miguel vuelve a su libro,
hojeando páginas con desgana, mientras Aurora ajusta los platos en la mesa. La
luz parpadea ligeramente, como si el ambiente mismo reflejara su inquietud.)
Vicente Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros
están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Tu último viaje”: https://amzn.eu/d/1zzOpM6
“El tercer yo” es una obra de teatro que nunca llegó a
representarse, escrita alrededor de 1968 por dos jóvenes autores, Pedro Fuentes
y Vicente Fisac, quienes aún no habían cumplido los veinte años. Oculta y
desconocida hasta ahora, la he rescatado, revisado y actualizado para
compartirla en este blog, dándole nueva vida a su visión audaz.
Se dice que cada persona alberga dos “yos”: el que
muestra al mundo y el que guarda en secreto. Sin embargo, en momentos
excepcionales como el que esta obra narra, puede surgir un “tercer yo” que
trastoca todas nuestras expectativas y nos obliga a replantearnos la vida.
Construida en tres actos que transcurren en dos momentos
consecutivos—la noche de un sábado y la tarde del domingo siguiente—, la obra
se desarrolla mediante escenas que se funden a negro, evocando el ritmo de una
película.
Con un argumento original, “El tercer yo” explora temas
universales: la familia, el amor, la incomunicación entre generaciones y entre
los mayores, el egoísmo, la superficialidad y la búsqueda de un sentido
trascendente. Las dos generaciones en conflicto son la de los padres—encarnada
por Miguel y Aurora, marcados por rencores, materialismo y desencanto—y la de
los jóvenes, representada por Pedro y sus amigos, atrapados en la apatía y la
falta de compromiso en un mundo que les ofrece todo sin esfuerzo. Pedro,
inmerso en esta tensión, se verá transformado por la aparición inesperada de su
“tercer yo”, un giro que desafiará las estructuras familiares y sociales
establecidas.
Personajes:
Miguel, el padre
Aurora, la madre
Pedro, el hijo
Cristina, la novia
Y los amigos: Rafael, Luisa, Miguel Ángel, Joaquín,
Begoña e Isabel
Comienza la función…
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