miércoles, 14 de mayo de 2014

Estirpe de Campeones.- Capítulo 1

Me llamo Juseis de Castillviejo, aunque mi nombre actual es diferente ya que –cuando me adoptaron- me cambiaron dicho nombre. Es posible que esto os sorprenda, pero más aún os sorprenderéis al conocer mi edad actual: seis años. Y esto no es nada, todavía os sorprenderéis más al conocer otros detalles que he podido descubrir al investigar sobre mis raíces y mis antepasados. La historia que os voy a contar es la que ha quedado reflejada en mi árbol genealógico auténtico, plagado todo él, como veréis, por grandes campeones, tanto por parte paterna como materna. De ahí que a esta serie de capítulos sobre la historia de mis antepasados le haya llamado “Estirpe de Campeones”. Os aseguro que no exagero. Ya veréis.

Para empezar os diré que nací en Escóbados de Abajo, un pequeño pueblo de la provincia de Burgos, el 20 de agosto de 2007. Tengo cinco hermanos, Jusco, el mayor; Jusdin, el segundo; luego nací yo, Juseis y nunca he entendido por qué me llamaron Ju “seis” si resulta que era el “tercero” de “cinco” hermanos. En fin, después de mí nacieron dos chicas, Justa y Justai. Todos éramos muy parecidos, aunque yo era el más pequeño y vivaracho de todos.

Mis padres se conocieron el 19 de junio de 2007. Fue amor a primera vista y de aquella unión, organizada por un “Celestino” llamado José Eugenio Fernández, nacimos poco después mis cuatro hermanos y yo. Sin embargo apenas si conocimos a nuestros padres, porque tan solo unas semanas después de nacer, a mi hermana Justai y a mi nos llevaron a Colmenar Viejo, en la provincia de Madrid, y allí nos encerraron en espera de que alguien nos adoptara, bajo la custodia de Mr. Waboo, que así se llamaba nuestro guardián temporal.

La verdad es que apenas estuvimos allí encerrados unos días, porque enseguida llegó un hombre que se quedó un buen rato mirándonos y cogíendonos; dudando, en definitiva, si adoptar a mi hermana o a mí. Finalmente me eligió a mi y me llevó a vivir a Tres Cantos, con una mujer joven que me ha cuidado y con la que sigo viviendo desde entonces. Sin embargo, y para mi sorpresa, se olvidaron de mi verdadero nombre, Juseis de Castillviejo,  y me bautizaron con el nombre de Kimi. ¿Y por qué Kimi?, pregunté. Y me respondieron que ese nombre era en honor del gran piloto de Fórmula 1, Kimi Raikkonen, que aquél mismo año de 2007 se había proclamado campeón del mundo y que yo debía llamarme como él puesto que también tenía estirpe de campeones.

Eso, precisamente, me intrigó y por ello me decidí años más tarde a investigar cuál era mi historia, la historia de mis antepasados. Y esto que os voy a contar, es lo que descubrí...

En la imagen ahí me tenéis, en una de mis excursiones a la montaña, concretamente, en este caso, el puerto de Canencia. (Continuará)

viernes, 9 de mayo de 2014

Haciendo camino

Este es el último libro de Vicente Fisac publicado por la Editorial Bubok: “Haciendo camino”. No es, sin embargo, el último libro que ha escrito sino... el primero. Cualquier artista, cualquier persona, sólo a base de practicar y practicar consigue mejorar aquello que está haciendo. En el caso de un escritor, sólo a base de escribir y escribir consigue mejorar sus obras. La práctica, como en todo, resulta imprescindible para poder llegar algún día a la excelencia.

Los escritos que aparecen en este libro van, por consiguiente, desde la primera obra del autor, a los siete años de edad, hasta los relatos de algunas experiencias escritos sobre los veinte o poco más años. Puede que ninguno de estos escritos sea una obra digna de mención, pero sí que lo son los chispazos de imaginación, de creatividad, de estilo, de capacidad de sorprender... que casi todos ellos contienen en algún punto. Por más que hayan sido escritos por un niño, un adolescente o un joven con poca experiencia, en todos ellos hay algo que vale la pena. No n vano, a través de estos escritos se puede apreciar la evolución que sigue el escritor a lo largo de los años. Como decía Antonio Machado: “...no hay caminos, se hace camino al andar”.

Este es el enlace con más información: "Haciendo camino"

miércoles, 7 de mayo de 2014

La persona que no escribe, no tiene pasado

De la infancia y juventud se recuerdan muy pocos incidentes, y estos pocos, eso sí, bastante bien recordados. Pero ¿y esos otros millones de momentos, de impresiones, que no se pueden recordar? Ciertamente esos pocos incidentes mencionados constituyen una fracción tan pequeña que no pueden ser representativos de la facultad de recordar. ¿Por qué se recuerdan unos pocos acontecimientos? Si los analizamos, nos daremos cuenta que dichos sucesos dieron mucho que hablar y, periódicamente, en años posteriores,  fueron saliendo de forma constante como tema recurrente de conversación. Seguramente quedó relacionado con algo físico (cicatrices, fotografías, etc.). En definitiva, esas escenas que iban camino de desvanecerse fueron revividas periódicamente, con lo que sus detalles y coloridos memorísticos se fortalecieron. De esta forma, cada vez que queremos rememorar una vez más uno de aquellos acontecimientos, tan sólo hay que “ir” a la última vez en que lo trajimos de actualidad sin necesidad de remontarnos a la época real en que aquello sucedió.

Después de leer esto, nos daremos cuenta, primero, de la gran cantidad (casi toda) de vida que henos olvidado y, segundo, que los sucesos vivamente afincados en el “recuerdo” se ajustan a los patrones antes señalados. De ahí que vaya cobrando más sentido el título de este comentario.

Cada vez que nuestras emociones son reflejadas en el papel, y periódicamente leídas, dichas escenas van afianzando sus “detalles y coloridos” y pueden recordarse perfectamente actualizadas pese al tiempo transcurrido. Por ello, cuanto mayor es la cantidad de vida vertida en el papel, mayor es la cantidad de pasado que contemplan nuestros ojos.

La persona que escribe (que transcribe su vida al papel) es una persona con un rico pasado. Pero ¿sirve esto para algo? Evidentemente sí, pero sólo si es así deseado.

El amplio conocimiento del pasado no es otra cosa que un amplio conocimiento de nosotros mismos; y si no nos conocemos ¿cómo vamos a mejorarnos? ¿Puede perfeccionar un motor alguien que no entiende de mecánica?

Si somos conscientes de que nuestra estancia (paso) en esta existencia debe servir para perfeccionarnos, para ser mejores, resulta obvio hincar que cualquier medio que nos permita llegar al fin propuesto debe ser aprovechado.

PD.- Pero si no estás dotado para escribir, hay un camino alternativo que puedes seguir: haz fotografías.

viernes, 2 de mayo de 2014

Así busqué mi primer trabajo

No creo que nadie haya escrito jamás una carta tan original y atípica como la que reproduzco a continuación y que envié para conseguir mi primer trabajo como redactor en una Agencia de Publicidad. No llevaba ni “Muy Sr. mío” ni pamplinas de esas; empezaba así, directamente y luego al final ponía mis datos personales:

“Teilhard de Chardin abrió las puertas de esa sustancia gris que hasta entonces –aún hoy- no se utilizaba. El proceso evolutivo ha sido lento, no obstante se ha visto ayudado por algunas personas tal vez nacidas ‘antes de su época’ que aceleraron la marcha colectiva. ¿Qué tenían –tienen- esas personas? Sin duda la metodología exacta que permite encauzar a un fin concreto toda su potencia cerebral, altamente sensitiva.  Son muy pocas estas personas pero, afortunadamente, se siguen “produciendo”. Y es curioso comprobar cómo desde el principio centran todo su esfuerzo en una sola actividad, lo cual les permite el perfecto dominio de ella. Basados en algo que no es de aquí, reestructuran todas las formas existentes y lo enfocan con un nuevo vigor. Bajamos, ahora, al plano actual: he aquí a una de esas personas. Su enfoque: la redacción”.

jueves, 1 de mayo de 2014

Alrededor de Bécquer

“Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto... la he visto y me ha mirado...
¡Hoy creo en Dios!”  (G.A. Bécquer)

Ayer me miraste y tus ojos besaron mi cuerpo entero. Ayer me hablaste y tu voz abrigó mi alma entera. Ayer te acercaste a mi lado y calentó tu presencia todo mi cuerpo entero.

He sentido tus manos acariciar mis hombros, y mi cara se abrigó con tus cabellos limpios que barrieron mi incomprensión. Es hermoso sentir un cuerpo ajeno junto al tuyo. Es hermoso sentir un cuerpo ajeno, un poco tuyo.

Ayer como hoy y mañana, veré mis deseos recorrer tu cuerpo y volver más limpios a mi cuerpo. Todos los días y mañana, tal vez veré el milagro abierto, cotidiano, de sentir la presencia de alguien que piensa en mi.

No es primavera, no es verano ni cualquier otra estación; es la nuestra perenne que no conoce el tiempo. Sólo son tres días en nuestras vidas: ayer, hoy y mañana. Siempre los mismos, extrañamente los mismos.

Cuando nos vemos ¡cuántas palabras nos decimos! pero más palabras se dicen nuestros cuerpos cuando nos vemos.

Somos pequeños al compararnos con Dios y no podemos comprenderlo. Pero Dios está en nosotros y al amarnos como lo hacemos, sentimos a Dios.

Pero tú no comprendes un amor generoso... y me lo das. Pero yo no comprendo un amor sincero... y te lo doy. Ninguno comprendemos que pueda esto ser amor. No queremos creerlo, “¡no hay amor!”; no queremos atarnos, “¡no hay amor!”; no queremos pensar, “¡no hay amor!”; no queremos decir, “¡no hay amor!”; pero nosotros, nuestros, cayados, no somos nuestros. Pero nosotros creemos en el amor; pero nosotros estamos atados al amor; pero nosotros pensamos en el amor; y sin embargo decimos: “¡no hay amor!”.

¿Qué haremos? Hemos unido nuestras vidas y ni siquiera nosotros lo creemos. ¿Qué haremos? Atamos más nuestras vidas y ni siquiera nosotros lo reconocemos. ¿Qué haremos? Tenemos ya cerrado el camino a la libertad que decimos amar. No vemos más horizontes que nuestros propios cuerpos. ¿Qué haremos? El destino se ha cerrado en una palabra: amar. Pero nosotros lo callamos. ¿Qué haremos?

“Hoy la tierra y los cielos me sonríen”. Todo me sonríe abiertamente porque no tiene razón de ser el llorar. Sin embargo hoy no me sonríen ni la tierra ni los cielos; pero es igual, hoy quien me sonríe eres tú.

“Hoy llega al fondo de mi alma el sol”. Y lo pienso, pues mi corazón está caliente. Sin embargo hoy no alumbra el sol y mi corazón siente el calor de un gran sol que me ilumina; eres tú.

“Hoy la he visto... la he visto y me ha mirado... ¡Hoy creo en Dios!”. Ayer te he visto como hoy y mañana te veré. Ayer creía en Dios como hoy y mañana creeré. Hoy Dios me ha mirado, pues ayer nuestras miradas se cruzaron.