lunes, 19 de enero de 2026

Vive, esperanza

(AZprensa) Siendo niños, apenas un adolescente, escribí un libro titulado “Siempre vive la esperanza” (1) en donde relataba un amor juvenil con esa inocencia y sensibilidad que aún conservamos de niños hasta la vida nos la arrebata. Por esa época había leído un libro de poesías escogidas de Antonio Machado y, por encima de todas ellas, una me impactó sobremanera porque reflejaba mis sentimientos. Era esta.
 
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.
 
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
Vive esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!
 
Y es que en esos primeros amores juveniles, el simple roce de la mano de la persona amada, su voz susurrando a tu oído o el paseo por el campo junto a ella, te trasladaba a un universo de felicidad. Por eso, cuando después de aquello paseaba por los campos de Daimiel y miraba al horizonte, allí estaban frente a mí esas “montañas azules” que citaba Machado y que me demostraban cómo la fuerza del pensamiento (y el no desfallecer nunca en la batalla por conseguir cuanto anhelamos) es capaz de materializar nuestros más fervientes deseos.
 

(1) Aquella novela juvenil titulada “Siempre vive la esperanza” se ha incluido en el libro “Los primeros pasos de un escritor” (Vicente Fisac. Amazon).
 
“Los primeros pasos de un escritor”:
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domingo, 18 de enero de 2026

¡Mira tú, por dónde!

Eso te diría: “¡Mira tú por dónde, me ha dado por cambiar el subtítulo de mis blogs!”. Y sí, eso es lo que hecho, poniendo en cada uno de ellos lo siguiente:
 
Vicente Fisac (1949 - ?) El escritor inefable de Amazon
 
¿Es una broma macabra? Nooo. Es simplemente mostrar el sentido del humor que todos debemos conservar por encima de cualquier corrección política que quieran imponernos. Hay que desdramatizar la muerte, porque la muerte es lo más natural del mundo. Fíjate si será natural que todos los seres vivos (personas, animales y plantas) morimos. Pero la “muerte” es un concepto mal definido en el Diccionario de la RAE, porque lo que realmente significa la palabra “muerte” es “vida”. Por lo tanto la muerte no es el fin sino el comienzo de algo nuevo y, por supuesto, mucho mejor que esto.
 
Cuando yo atraviese esa puerta, aquí quedarán –al menos durante bastantes años- estos blogs que he mantenido activos tantos años; y cuando alguien entre y lea algo de ellos, podrá ver en el encabezamiento esa frase que pone fecha de inicio a mi vida pero sólo un signo de interrogación al final, porque el final no es tal.
 
Aquí has podido leer, al fin y al cabo, unas cuantas palabras inefables de este autor inefable que ha recopilado su obra literaria en Amazon. 
Ineffabilis dixit.
 

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sábado, 17 de enero de 2026

Los amigos muertos

Un buen día te paras a pensar y resulta que ya te has hecho mayor, y te das cuenta porque muchos de tus ya han muerto. 

Así lo expresó el poeta José Luis Hidalgo (1919-1947) en su libro de poemas “Los muertos”…
 
LOS AMIGOS MUERTOS


He adelantado mi esperanza
como una mano, largamente;
os he tocado en este mundo
que ahora os tiene para siempre.
 
Pero estáis muertos, y no puedo
elevarme hasta vuestra muerte,
porque soy tierra, soy materia,
y vosotros luces celestes.
 
Aunque me hunda, aunque me arranque
y hasta la sangre me golpee,
no he de encontraros ya, viejos amigos:
os habéis ido para siempre.
 
Solo, en la noche, yo os recuerdo,
y hasta el recuerdo se desvanece.
Ya nada sois: vaga amargura,
que se deshace tristemente.
 
Y me avergüenzo de este cuerpo
que entre los vivos me sostiene.
Muertos estáis, y con mi vida
no he de encontraros en la muerte.
 

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viernes, 16 de enero de 2026

Continuar la lectura

Durante los últimos días he compartido el comienzo de mi novela "Caminos de fuego" a través de una serie de post con el encabezamiento "Por encima del fuego", pero que en realidad corresponden a mi novela "Caminos de fuego", la cual está incluida en el libro "Novelas con corazón". 

El libro "Novelas con corazón" está disponible en Amazon, tanto en edición digital como en edición impresa. Aquí te dejo el enlace:

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jueves, 15 de enero de 2026

Por encima del fuego (8)

El primer día fue suave: crampones, cuerdas fijas, fotos para Instagram. El segundo, la tormenta. El viento aullaba como un lobo herido; la visibilidad, cero. Elena iba en cabeza, tanteando el terreno con el piolet.
-¡Cuerda tensa! -gritó. 
Detrás, el banquero resbaló. Cayó de rodillas, jadeando.
-No puedo… -balbuceó. 
Elena se agachó a su lado.
-Mírame. Respira. Ahora ponte de pie. -Él obedeció, temblando. Ella le ajustó el arnés con dedos rápidos, precisos-. Esto no es una reunión de consejo -le dijo-. Aquí no hay PowerPoint que te salve. Solo tú y el hielo. 
El hombre tragó saliva. Asintió. Siguieron.  Al tercer día, el grupo estaba roto: ampollas, lágrimas, algún grito ahogado. Pero también risas. El banquero, que al principio se quejaba de todo, ahora caminaba en silencio, concentrado. Cuando llegaron al borde de una grieta azul turquesa, él se detuvo. 
-Es… precioso -murmuró.  Elena sonrió.
-Bienvenido al mundo real. Este es el planeta en el que vives, no tu oficina.
 
De regreso al hotel, cuando el confort del coche les despertó de su éxtasis, se podía ver en sus caras una expresión distinta, unos rostros transformados con una mirada más inocente, más humilde.
-Volveré a la oficina renovado –dijo Marco, expresando fielmente el sentir de todos sus compañeros.
Y es que en Islandia, la aventura no es solo un viaje; es un despertar. Y Vatnajökull, con su soledad estremecedora te recuerda que allí la fantasía es solo el comienzo de lo real.
 
 
De vuelta en Madrid, cinco días después, Elena abrió la puerta de su apartamento. Olía a cerrado. Dejó la mochila en el suelo, se descalzó y se tiró en el sofá. El móvil vibraba: mensajes de los ejecutivos.  “Gracias, Elena. He aprendido más en cuatro días que en cuatro años de MBA.”  “¿Cuándo es la próxima?”.  Ella respondió con un emoji de montaña y se fue a la ducha. El agua caliente le quitó el frío de los huesos.  En la cocina, abrió el portátil. Tenía un artículo pendiente para la revista “Aventura Extrema”. Tecleó rápido, como siempre: “El miedo no es el enemigo. El enemigo es creerte invencible. En el glaciar, vi a un hombre de traje caro descubrir que sus límites no estaban en los números, sino en las suelas de sus botas. Y cuando cruzó la grieta, no lo hizo por mí. Lo hizo por él.”  Guardó el borrador. Miró por la ventana: Madrid, con sus luces y su ruido.
 
Y al día siguiente tendría que volar a la selva del Darién. Se acostó vestida. Soñó con raíces que se enredaban en sus tobillos y con un río que cantaba su nombre.  A las cuatro de la mañana, sonó el despertador. Se levantó, se puso las botas, cerró la puerta sin hacer ruido.  En el aeropuerto, una niña la miró con asombro al ver su atuendo:
-¿Tú eres exploradora? -preguntó. 
Elena se agachó.
-Soy guía. Pero sí, exploro.
-¿Y no tienes miedo?
-Claro que sí. El miedo es mi brújula.
La niña sonrió. Elena le guiñó un ojo y se perdió entre la multitud. 
 
En el avión, cerró los ojos. Pensó en su pequeño pueblo perdido entre las montañas de Cantabria, en las vacas que pastaban entre niebla en inmensas laderas verdes, en su madre Isabel contando historias de lobos, en su padre Agustín enseñándole a leer mapas y descubrir senderos en las montañas. Pensó en su hermana mayor, Sandra, que ahora firmaba contratos en un despacho de abogados con vistas a la Gran Vía.  Sonrió.  “Cada uno elige su selva”, pensó, y ella ya había elegido la suya.
 

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miércoles, 14 de enero de 2026

Por encima del fuego (7)

El todoterreno seguía su camino en un recorrido cada vez más accidentado… pendientes empinadas… ruedas patinando en la grava suelta… De repente, apareció un altiplano: campos de lava negra, salpicados de cráteres humeantes, y al fondo, cascadas imponentes que caían como cortinas de plata desde acantilados cuya cumbre no se divisaba a causa de la neblina.
-Esta es la primera parada,  Landmannalaugar, un valle geotérmico que parece pintado por un artista loco –les indicó Elena.
Y así era en efecto: Fuentes termales burbujeando en tonos naranjas y verdes, rodeadas de montañas multicolores –rojo óxido, amarillo azufre, negro carbón–. Bajaron del vehículo, y el grupo pisó por primera vez ese suelo extraterrestre. Ana, acostumbrada a salas de juntas, tropezó con una roca y soltó una risa nerviosa.
-Esto es... abrumador. En Nueva York, controlo todo; aquí, el paisaje me controla a mí -tuvo que reconocer con una humildad a la que estaba muy poco acostumbrada.
El viento helado les azotaba las mejillas, enrojeciéndolas, mientras caminaban hacia una cascada cercana. El agua rugía, cayendo cientos de metros en una niebla que empapaba todo. Sofía extendió los brazos, como abrazando la inmensidad
-Siento que estoy en una película, pero real. ¿Cómo sobrevive algo aquí? –exclamó llena de genuino asombro.
 
Pero el viaje debía continuar y cruzaron ríos que los todoterrenos vadeaban con maestría. En algunos momentos el agua llegaba hasta las puertas, y el grupo empalidecía conteniendo la respiración. Elena, consciente de que el paisaje se volvía cada vez más hostil y para colmo la niebla reducía la visibilidad a unos pocos metros, de tal forma que apenas podía divisar las luces del coche que les precedía, decidió  darles conversación para relajarlos en la medida de lo posible:
-El pico por el que hemos pasado antes fue usado en “Star Wars: El despertar de la fuerza” para planetas remotos. Y Vatnajökull mismo apareció en “Muere otro día”, en donde James Bond protagoniza persecuciones sobre hielo.
Marco, el CEO, confesó:
-En la oficina, lidio con presupuestos y deadlines. Aquí, un río puede barrer el coche en segundos. Es... liberador… es… no sé, mucho más de lo que había podido imaginar.
 
Finalmente llegaron al borde de Vatnajökull. El glaciar se extendía como un océano congelado, grietas azules profundas como abismos, cuevas de hielo que brillaban con luz turquesa. Aparcaron y equiparon al grupo con crampones: Por primera vez iban a pisar un glaciar. El viento aullaba, cortante como cuchillas y la sobrecogedora belleza que les rodeaba silenciaba cualquier comentario. Lisa guardó su móvil. Peter tocó el hielo con reverencia.
-Es como caminar sobre un ser vivo, antiguo y poderoso -dijo Sofía.
Cascadas internas rugían bajo sus pies, y el horizonte se fundía con el cielo en un blanco infinito.
 
Para estos ejecutivos, acostumbrados a controlar el caos corporativo, Islandia interior era una lección de humildad. Paisajes de otro mundo, usados en “Oblivion”, “Noé” o “La vida secreta de Walter Mitty”, se transformaban allí en realidad. El viento helado y permanente les recordaba su fragilidad; las cascadas, la fuerza indomable de la naturaleza; el glaciar, la eternidad frente a sus vidas efímeras.
 

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martes, 13 de enero de 2026

Por encima del fuego (6)

Elena se despertó antes de que el sol rozara los ventanales de su pequeño apartamento en la Avenida de América. Madrid aún dormía y apenas unos pocos coches madrugadores circulaban por las calles, pero ella ya tenía la mochila preparada: cuerdas, crampones, un frontal con pilas nuevas y la documentación a mano. El vuelo a Reikiavik salía a las siete; de allí, un todoterreno la llevaría al glaciar Vatnajökull, donde guiaría a cinco ejecutivos que pagaban fortunas por “desconectar”.  Bajó las escaleras con la agilidad de quien ha corrido cuestas desde niña. En el portal, se cruzó con un vecino que, con su traje impecable y su portafolio en la mano, se dirigía a su oficina como todos los días.
-¿Otra vez te vas, Elena?
Ella sonrió y le hizo un gesto de despedida sin detenerse. En realidad no era una despedida sino un hasta luego... como siempre.
 
En el aeropuerto, en el punto acordado, fueron llegando los ejecutivos que habían contratado sus servicios para esta expedición. Cuando estuvieron todos, Elena les avisó:
-Vamos a caminar sobre un río de hielo que lleva milenios moviéndose. Si alguien se caga encima, que lo diga ahora y le devuelvo el dinero.
Uno de ellos, un directivo de banca con reloj de oro, soltó una risita nerviosa, procurando que no se le notase mucho; en realidad, todos creían que una aventura extrema en la naturaleza la podrían solventar con la misma seguridad que resolvían sus asuntos en los despachos.
 
En el avión, mientras los demás dormían o veían películas, ella repasaba el parte meteorológico: viento, probabilidad de lluvia, temperatura… Todo perfecto. Los cinco ejecutivos que viajaban con ella querían afrontar el reto de la naturaleza y ella se lo iba a dar a lo grande, porque además, ellos pagaban y ella disfrutaba.
 
Aterrizó  y se levantó la primera, impaciente como estaba siempre que iba a comenzar una nueva aventura. Con el pelo revuelto y los ojos brillantes por la emoción, los fue reuniendo y sonrió para sí misma comprobando cómo esos fieros ejecutivos le obedecían como corderitos ignorantes cuando van de camino al matadero. El aire islandés les golpeó la cara como un latigazo de sal y hielo. Allí les esperaba otro guía local que ya había compartido con Elena excursiones anteriores. Tras recoger dos todoterreno de alquiler, emprendieron camino, primero por carreteras bien asfaltadas y finalmente por caminos de grava y tierra por donde ya era muy poco probable encontrarse con otros vehículos.
 
El vasto interior de Islandia, un territorio que parece arrancado de un sueño febril o, mejor dicho, de un set de Hollywood se extendía ante ellos. Viajaban en dos robustos Land Rover Defender modificados para terrenos extremos. El guía y amigo local de Elena conducía el primero y abría el camino, acompañado de uno de los ejecutivos y de todo el material necesario. En el otro coche le seguía Elena con el resto de ejecutivos. En poco tiempo dejaron atrás la Ring Road, la carretera circular que conecta toda Islandia por el exterior, y se adentraron en caminos irregulares de grava, tierra, charcos, piedras… Comenzaba el baile.
 
Ni Ernesto, el banquero de mirada analítica; ni Marco, el CEO carismático pero estresado; ni Lisa, la directora de marketing siempre con el teléfono en mano; ni Peter, el ingeniero escéptico; ni Sofía, la directora de recursos humanos y la más entusiasta del grupo… Ninguno de ellos había pisado un glaciar en su vida. Sus viajes "de aventura" se limitaban a conferencias en Dubái o retiros en los Alpes con spa incluido. Ahora, todo cambiaba de repente y la transición era abrupta.
 
En cuestión de minutos, el paisaje se transformó en algo irreconocible. Las carreteras interiores -pistas F, las llaman allí, como F208 o F35- son meros surcos en un mar de lava solidificada, cubiertos de polvo negro que se levanta en nubes asfixiantes. A ambos lados, campos de musgo verde fluorescente cubren rocas basálticas como una alfombra alienígena.
-Esto no puede ser la Tierra –comentó Marco, aferrándose al asiento mientras el todoterreno saltaba sobre los baches.
Y tenía razón. Islandia interior es un planeta ajeno: volcanes –unos dormidos y otros que despiertan cada pocos años- como un paisaje lunar, ríos de aguas bravas que serpentean entre grietas profundas, y un cielo que parece infinito, salpicado de nubes que se mueven con la velocidad de un huracán contenido. No es casualidad que directores de cine lo elijan como escenario para sus películas de ciencia ficción o fantasía.
-Mirad a la izquierda: Ese valle fue el escenario de “Interestelar”, donde Cooper aterrizaba en un mundo de hielo eterno. Y más adelante, en las tierras altas de Sprengisandur, rodaron escenas de “Juego de Tronos”. Más allá, Ridley Scott usó estos paisajes para “Prometheus”, porque ¿dónde más encuentras un lugar que parezca habitado por dioses indiferentes o extraterrestres hostiles? –les iba explicando Elena.
 
Los ejecutivos asentían boquiabiertos, mientras el Land Rover botaba sobre el terreno y el agua helada salpicaba despiadadamente el parabrisas. Lisa sacó su teléfono para grabar, pero la señal se había perdido hacía ya un buen rato.
-Esto es mejor que cualquier filtro de Instagram –comentó.
Y así se fueron acercando a Vatnajökull, el glaciar más grande de Europa, un coloso de hielo que cubre el 8% de la isla como una armadura blanca y azul. El viento sempiterno azotaba el vehículo: un soplo constante, gélido, que se colaba por las rendijas y erizaba la piel incluso con las ventanillas cerradas.
-Abrigaos bien –les dijo Elena, señalando los trajes térmicos que guardaban en la parte trasera-. Aquí el viento no perdona; viene directo del Ártico.
 

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lunes, 12 de enero de 2026

Por encima del fuego (5)

Hacía apenas tres años que había entrado a trabajar en la editorial "Horizontes Libres", una editorial independiente especializada en libros de viajes, naturaleza y ficción inspirada en el mundo real. No era famoso, ni lo pretendía. Su nombre aparecía en letra pequeña en los créditos de los libros, un mero susurro entre las páginas que ilustraba con maestría. Trabajaba desde casa, su oficina un rincón soleado con una mesa de roble antigua, rodeada de lienzos en blanco y paletas de colores que evocaban los atardeceres que tanto amaba. Manejaba con soltura tanto los pinceles como los lápices y reflejaba con precisión escenas y paisajes para crear esas obras que llenaban de magia y color los libros. Su horario era un lujo que defendía con fervor: solo cuatro horas diarias dedicadas a los encargos de la editorial. En ese tiempo, creaba ilustraciones para todo tipo de libros: desde guías de senderismo que capturaban la majestuosidad de montañas nevadas, hasta novelas románticas donde sus dibujos daban vida a amores imposibles.
 
Esa mañana, una como tantas otras, David se sentó a su mesa con una taza de café humeante en la mano. El encargo del día era ilustrar una escena para un libro de aventuras en la selva amazónica: un explorador cruzando un río embravecido, con la vegetación exuberante envolviéndolo en un abrazo salvaje. Sus dedos, manchados de tinta perpetua, danzaban sobre el papel con una precisión intuitiva. Cada línea era una extensión de su ser, un puente entre su imaginación y la realidad que plasmaba. Mientras dibujaba, su mente vagaba por recuerdos de caminatas solitarias en parques cercanos, donde el susurro del viento en las hojas le inspiraba más que cualquier galería de arte urbana.
 
No era la primera vez que alguien le cuestionaba su estilo de vida. Su editor, Luis Luzán, un hombre de cincuenta años con gafas de montura gruesa, abundante pelo gris y un traje oscuro con su sempiterna corbata con el logotipo de la editorial, lo había llamado la semana anterior para felicitarlo por su último trabajo. "David, chico, tienes talento para llenar museos. ¿Por qué no aceptas más encargos? Podrías ganar el doble, el triple. Imagina: una casa más grande, viajes exóticos, fama en el circuito artístico". Luis era un avispado hombre de negocios, forjado en el mundo editorial en donde Marketing y Ventas dictaban el ritmo de la vida. Pero David, con su voz calmada y reflexiva, siempre respondía lo mismo: "¿Para qué quiero más dinero si luego no tengo tiempo de disfrutarlo?".
 
Era una filosofía que lo definía. El dinero, para él, era un medio, no un fin. Con lo que ganaba, cubría sus necesidades: el alquiler del amplio apartamento con vistas al río, lo elemental de su alimentación y vestuario, y algunas escapadas a la naturaleza en donde recargaba su inspiración. El resto del día era suyo, un vasto océano de libertad. Largos paseos para “ver la vida” como él decía, o bien sentarse tranquilamente a leer escritores románticos clásicos como Bécquer, Stendhal o, en general, cualquier otro de los que trasladan tu imaginación a un mundo de sentimientos.
 
Su vida era simple, sencilla, sin ambiciones. Se consideraba un privilegiado ya que hacía lo que más le gustaba, dibujar, y encima le pagaban por ello; pero siendo él su propio jefe, marcándose él los horarios, y dejando todo el tiempo del mundo para que su imaginación volara libre sin las ataduras de un horario laboral o compromisos de cualquier tipo.
 
Pero en el fondo, David anhelaba algo más profundo. Su sensibilidad lo hacía vulnerable a la soledad, a esa búsqueda de una conexión auténtica en un mundo obsesionado con apariencias. Soñaba con encontrar a alguien que entendiera su amor por lo simple, que compartiera su pasión por la aventura no como un espectáculo, sino como un viaje del alma.
 
Mientras terminaba su ilustración, David miró por la ventana. La ciudad se extendía como un tapiz vivo, lleno de historias no contadas. Sonrió para sí mismo, sintiendo una paz que pocos conocían. En ese momento, ignoraba que su vida tranquila estaba a punto de ser sacudida por vientos de aventura y amor, donde la fama acecharía como un depredador insaciable, y los verdaderos sentimientos tendrían que luchar por emerger de las sombras de las apariencias. No sabía que, en algún lugar remoto, Elena, con su espíritu indomable, trazaba caminos en mapas polvorientos, guiando expediciones que desafiaban los límites humanos. Sus mundos, tan distantes, estaban destinados a colisionar.
 

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domingo, 11 de enero de 2026

Por encima del fuego (4)

David se despertó con el primer rayo de sol filtrándose a través de las cortinas de lino que colgaban en su ventana, teñidas de un suave tono crema que recordaba las páginas envejecidas de un libro antiguo. Su apartamento junto al río Manzanares, en donde tiempo atrás rugía cada domingo el estadio Vicente Calderón, era un santuario de tranquilidad, algo así como un oasis en medio de esa gran urbe cosmopolita que es Madrid. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros ilustrados, pinceles de todos los estilos y tamaños y cuadernos de bocetos que rebosaban de ideas capturadas en carboncillo y acuarela. El aroma a café recién molido flotaba en el aire, mezclado con el sutil perfume de la tierra húmeda de las macetas que adornaban el balcón, donde un pequeño jardín urbano florecía y ejercía de contraste con la vida urbana.
 
Era un hombre de contrastes sutiles: alto, delgado, con hombros anchos de quien pasa horas inclinado sobre una mesa de dibujo. El cabello negro, ligeramente ondulado, le caía sobre la frente, y una barba de tres días le daba un aire de artista bohemio. A los veintiocho años, David Soler había encontrado un equilibrio que muchos envidiaban pero pocos comprendían. Su espíritu sensible se manifestaba en cada trazo de su lápiz que reflejaba con maestría la vida tal como la veía, pero también era capaz de reflejar con igual fidelidad los sentimientos. Era un joven de ojos profundos y oscuros, pero mirada tierna, que observaba el mundo con una curiosidad poética, como si cada detalle cotidiano fuera un secreto esperando ser revelado. Amable por naturaleza, siempre tenía una sonrisa genuina para el vecino del piso de abajo o para el repartidor que traía sus suministros de arte. Pero su verdadera pasión residía en la naturaleza y el arte, dos amantes inseparables que nutrían su alma. Recordaba con cariño las tardes de su infancia en el campo, donde corría alegre por prados verdes, dibujando flores silvestres y aves migratorias con crayones que su madre le regalaba en cumpleaños olvidados.
 
Sus padres seguían viviendo en un pequeño pueblo de Burgos, administrando las tierras que heredaron de sus abuelos, y no entendían cómo David podía vivir ahora en una ciudad tan caótica, habiendo pasado toda su infancia y juventud en aquél pueblo tranquilo, rodeado de naturaleza. David, riendo, les aclaraba que su apartamento estaba situado en una zona privilegiada de Madrid y les describía cómo eran muchas de esas tardes cuando salía a pasear por el parque lineal del Manzanares, insistiendo que Madrid también tiene sus rincones de paz, aunque ellos nunca venían a visitarlo, prefiriendo esperar a que él fuese a verlos de vez en cuando.
 
Y es que el parque lineal del Manzanares ha transformado lo que antaño era un triste “aprendiz de río”, un canal de aguas negras estancadas, en un enclave vibrante y lleno de vida. Ahora, el río Manzanares fluye con una corriente modesta pero cristalina, un hilo de agua limpia que serpentea a través de la ciudad. Sus riberas, antes desoladas, se han cubierto de vegetación, sauces y álamos que se mecen con la brisa, juncos que bordean el agua y flores silvestres que salpican de color el paisaje. La vida ha regresado con fuerza; los patos se deslizan plácidamente por la superficie del río, garzas reales planean con elegancia y pequeños pájaros revolotean entre los arbustos, llenando el aire con sus trinos. Este oasis urbano, flanqueado por senderos bien cuidados, se extiende durante más de siete kilómetros a ambos lados del río, ofreciendo un largo paseo que invita a los madrileños a desconectar del bullicio de la gran urbe.
 
David les contaba que sólo tenía que salir de su amplio apartamento en la Avenida del Manzanares para disfrutar de este enclave natural que le permitía desconectar del bullicio de la ciudad sin salir de ella. Así es como les describía una tarde cualquiera, de un día cualquiera:
 
“Son las cinco de la tarde, y el sol tiñe el cielo de tonos dorados y anaranjados, reflejándose en el río con destellos que parecen danzar. Con mi cuaderno de dibujo en la mano, camino por el sendero de grava, sintiendo el crujir bajo mis pies, mientras el aire fresco lleva consigo el aroma de la hierba húmeda y el murmullo del agua. A mi alrededor, el parque bulle de vida tranquila: una pareja pasea de la mano, un anciano lee en un banco, unos niños corren detrás de una cometa. Más adelante, un grupo de corredores pasa con ritmo constante, y una mujer pasea a su perro, que olfatea curioso entre los arbustos. Entonces voy y me detengo junto a un sauce, cerca de una curva del río donde el agua forma un pequeño remanso. Allí, un par de patos nada en círculos, y una garceta blanca picotea en la orilla. Saco mi cuaderno y un lápiz, y comienzo a esbozar la escena: las plumas brillantes de los patos, el reflejo del agua, la silueta de la garceta recortada contra la luz del atardecer. Voy así, sin prisas, capturando la calma del momento. De vez en cuando, alzo la vista otra vez para observar a las personas que pasean: un ciclista que pedalea sin prisa, una madre que empuja un carrito, dos amigos charlando animadamente. A veces, prefiero dibujar a alguno de ellos, como a un anciano que da de comer a las palomas o a un niño que da sus primeros balbuceos en una pequeña bicicleta a la que por primera vez le han quitado los ruedines. Y todo esto lo tengo al lado de casa, un pedazo de naturaleza en medio de la vida urbana. Y al igual que vosotros sois felices allá en la quietud del pueblo, yo encuentro aquí mi rincón diario de paz. Después, cuando ya el sol se está poniendo, me voy con mi cuaderno como siempre bajo el brazo, hasta el bar de la esquina, un sencillo local con mesas de madera y un toldo verde que da a la calle. Me siento a tomar una cerveza y espero –si es que no ha aparecido antes- a mi amigo Paco o a Benjamín. Allí hablamos de todo y nada, así es la vida: del último encargo que me ha hecho la editorial, de la última discusión absurda que tuvimos con Benjamín… son esas pequeñas cosas de la vida que aprendí a disfrutar cuando estaba en el pueblo y que –aunque parezca mentira- he conseguido mantener vivas aquí en Madrid. Como veis, esto no está tan mal, y yo sigo siendo el mismo que he sido siempre”.
 

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sábado, 10 de enero de 2026

Por encima del fuego (3)

En un mundo donde las apariencias a menudo eclipsan la verdad y la voracidad de los medios convierte las vidas en titulares, “Caminos de fuego” (que bien podría subtitularse “aventuras de una vida indómita”) emerge como un testimonio de la fuerza del amor auténtico y la pasión por vivir sin máscaras. Esta novela, nacida de la unión entre las palabras vibrantes de Elena Vargas y las ilustraciones evocadoras de David Soler, no es solo un relato de aventuras extremas por cumbres y volcanes, sino una exploración profunda de lo que significa amar en medio del caos, proteger la intimidad frente a la fama y encontrar belleza en las cicatrices, tanto físicas como emocionales.
 
A través de sus páginas, seguimos el viaje de Elena, una exploradora cuya vida está tejida con hilos de valentía y de riesgo, y David, un ilustrador cuya sensibilidad transforma el mundo en lienzos de verdad. Su amor, forjado en las montañas y puesto a prueba por el fuego –literal y figurado–, se convierte en el corazón de una historia que desafía las convenciones de la fama y la narrativa sensacionalista. Aquí, la aventura no es solo escalar picos o enfrentar volcanes; es también la valentía de ser vulnerable, de compartir un sueño y de mantenerse fiel a uno mismo cuando el mundo entero está mirando.
 
“Caminos de fuego” no pretende ser solo una novela; es un espejo donde los lectores pueden reflejar sus propias búsquedas de sentido, sus luchas por la autenticidad y sus anhelos de conexión. Cada página, cada trazo, invita a preguntarnos: ¿qué es lo que realmente importa cuando el ruido del mundo se desvanece? Para Elena y David, la respuesta es clara: el amor que resiste, el arte que perdura y el alma que ningún volcán puede deformar.
 
Adéntrate en esta historia con el corazón abierto, como quien sube una montaña sabiendo que el camino será arduo, pero que la vista desde la cima hará que todo valga la pena. Que “Caminos de fuego” te inspire a encontrar tu propio sendero, a dibujar tu propio mapa y a enfrentarte sin miedo al mundo que te rodea.
 

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viernes, 9 de enero de 2026

Por encima del fuego (2)

Hace unos años escribí un relato corto, apenas dos folios, relatando una historia de amor y aventura, de emoción y sentimientos. Esta pequeña historia la titulé: “Amor, por encima de todo” y se incluyó en mi libro de poemas “Arquitecto de emociones” dentro del capítulo titulado “La prosa de las emociones”. Y es que la prosa puede transmitir emociones y sentimientos al igual que lo hace la poesía.
 
Años después, volví a leer este relato y allí estaban sus personajes, seguían vivos y me gritaban que querían algo más: Dar a conocer todo lo que sucedió y que en apenas dos folios era imposible resumir. Algo en mi interior se despertó; escuché la voz de sus protagonistas y sentí cómo movían mi brazo para escribir esta novela que he titulado “Caminos de fuego”. Porque en realidad la vida es riesgo, por mucho que nos creamos a salvo en nuestro círculo urbano de confort; la vida es un camino de riesgo físico y de riesgo emocional. Caminamos por un sendero peligroso y constantemente jugamos con fuego sin ser conscientes de ello. Quizás esta novela, además de entretener –que ya es mucho- consiga conectar con el alma de los lectores y que, al menos por un momento, sean conscientes del enorme valor que tienen las pequeñas cosas dela vida.
 
Otro aspecto importante de esta novela es que, debido a mi trayectoria profesional en el mundo de la Comunicación y el Periodismo, he desentrañado ciertos aspectos del periodismo que para el público general son desconocidos; esto permitirá a los lectores aprender a leer no la noticia, sino lo que hay detrás de la noticia. Porque cuando constantemente nos bombardean con mensajes desde todos los medios de comunicación (que ahora, incluso, los llevamos 24 horas delante de nuestros ojos –léase “el móvil”-) y es necesario protegerse ante ese acoso, es imprescindible mirarlos con espíritu crítico para lograr que siempre sea nuestra razón y nuestro sentido común quienes sepan discernir qué parte de eso que nos llega es noticia y qué parte es manipulación.
 
Espero que la lectura “Caminos de fuego” os haga pasar un rato entretenido, os evada de esta vida cotidiana y os guíe a otros paisajes, pero también deseo que os vacune contra el asedio contante de los medios de comunicación: No olvidéis que vosotros tenéis el poder de tomar el mando de vuestra vida y marcar el camino que queréis seguir, aunque el fuego que gire a vuestro alrededor intente arrasar vuestra intimidad y vuestra capacidad de ser siempre vosotros mismos.
 

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jueves, 8 de enero de 2026

Por encima del fuego (1)

Durante los próximos días vamos a ir compartiendo en este blog buna preciosa novela de amor y aventura… y un poco de periodismo. En “Caminos de fuego” (“Novelas con corazón”, Vicente Fisac. Amazon), Elena Vargas, una intrépida exploradora, y David Soler, un sensible ilustrador, entrelazan sus vidas en una historia de amor, aventura y resistencia frente a la voracidad de la fama. Cuando un accidente en el volcán Nyiragongo, retransmitido en directo, expone su relación al mundo, su intimidad se ve amenazada por los reflectores de los medios. Juntos, transforman la presión en una oportunidad, creando un libro que combina las emocionantes crónicas de las expediciones de Elena con las evocadoras ilustraciones de David.
 
Date prisa y mete en la mochila tu equipaje porque empieza ya esta aventura…
 

Novelas con corazón
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miércoles, 7 de enero de 2026

77

Hoy he llegado hasta el kilómetro 77 de mi vida en este plano de existencia. Como nos pasa a todos, la niebla no me permite ver dónde está el cartel de “Meta” aunque presiento (por pura matemática) que no debe andar lejos.
 
Afortunadamente tengo hecha la maleta desde hace tiempo, pero aun así creo que voy a dedicar un tiempo a repasarla por si se me hubiera olvidado algo. Mientras tanto aquí dejo este letrero, este poema y una recomendación final de un libro que te aconsejo leer, “Tu último viaje”, porque los dos (tú y yo) vamos a emprender ese viaje aunque lo hagamos en trenes distintos. Hasta pronto, pues.
 
Vicente Fisac (1949-2026?)
Periodista y escritor en Amazon
 
VOY POR LIBRE
 
Yo no soy un erudito,
sólo soy un soñador
que tiene imaginación,
el más grande paraíso.
 
Soy tan vago que trabajo
en inventar cuanto puedo,
escribo en prensa, hago versos,
y si me dejan, me escapo.
 
Vivo lejos de este mundo,
la vida está en mi cerebro,
fuera de él soy prisionero
y a esas cadenas renuncio.
 
La libertad son mis sueños,
voy por libre en la movida
y aunque os suene a osadía
hago siempre lo que quiero.
 
Me gusta que sean felices
aquellos que me rodean,
que la armonía florezca
y entre todos se deslice.
 
Pasaré por esta vida
sin haber causado daño,
los versos serán el canto
de una eterna despedida
 
para encontrarnos de nuevo
en el mundo que allí aguarda,
pues la temible guadaña
es la llave que abre el cielo.
 
Soy así, un caso aislado
que ha crecido a su albedrío,
una tabla, más que un río,
de Daimiel y enamorado.
 

“Tu último viaje”:
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