Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...

martes, 13 de octubre de 2020

Los marcianos somos nosotros

Hace muchos años, a principios de los sesenta, tuve la oportunidad de leer una novela que publicó por entregas un diario de Madrid. Aquella novela se titulaba “Los marcianos somos nosotros” y narraba la historia de una civilización que había en Marte, la cual estaba abocada a desaparecer al estar perdiendo ese planeta su atmósfera y campo magnético. Incapaces de revertir aquella situación catastrófica, y cuando el fin de aquella civilización estaba muy próximo, un matrimonio consiguió escapar a bordo de una nave y se dirigió a un planeta vecino (ese que ahora llamamos “Tierra”) en donde suponían podrían seguir viviendo. La última frase de aquella novela nos desvelaba el nombre de aquél matrimonio: Adán y Eva.
 
Esta novela, como digo, se publicó a primeros de los 60 y fue años después cuando causaron revuelo unas fotografías de la NASA que mostraban (en una zona de Marte conocida como Cydonia) pirámides, ruinas de fortificaciones y la cara de una esfinge (ver imagen que acompaña este artículo). Esto viene relatado de forma muy detallada en el libro “El misterio de Marte”, de Graham Hancock.
 
Hace años la CIA reclutó algunas personas con capacidades psíquicas especiales para que intentasen viajar mentalmente a Marte tanto en aquél mismo instante como hace miles de años. Estas personas (tal como quedó registrado en la transcripción de lo que dijeron que “veían”) hablaron de la existencia de unos seres y de una civilización abocada a la extinción. Todo esto lo detalló, perfectamente documentado, la web “mundodesconocido.es”.
 
Más recientemente, las últimas sondas de la NASA que están explorando Marte, tanto a nivel del suelo como orbitando este planeta, han descubierto agua en estado líquido (salmuera), grandes reservas de hielo de agua, y han certificado que en el pasado ese planeta tuvo mares, ríos y lagos, así como una atmósfera más consistente y un campo magnético más fuerte.
 
Y hace apenas unos días, el canal de televisión “Historia” dio a conocer un dato revelador: Cuando los astronautas llevan un tiempo en el espacio, a bordo de la Estación Espacial Internacional, su ritmo circadiano cambia. Como sabemos, el ritmo circadiano es un reloj biológico interno que nos ayuda a adaptar y sincronizar los ritmos biológicos en ciclos de 24 horas. Pero ¿qué pasa con este ritmo cuando se lleva mucho tiempo en el espacio? Pues que aumenta para acercarse al que tendríamos en Marte en donde los días duran 24,6 horas.
 
Vengan o no estos datos a corroborar la historia de aquella novela, lo cierto es que la hipótesis es muy sugerente y nunca debemos cerrar nuestro razonamiento a ninguna posibilidad por muy remota y absurda que pudiera parecer. La historia nos ha venido demostrando a lo largo de los siglos, cómo algo que se creía firmemente durante siglos luego se demostraba que no era cierto. O eso se cree ahora. O eso creían antes. O eso creerán en el futuro.

lunes, 12 de octubre de 2020

No son casualidades ni coincidencias

Seguro que muchas veces te ha sucedido algo sorprendente o simplemente curioso que tú has definido como una “casualidad” o una “coincidencia”. Pero ¿estás seguro que sólo se trataba de eso? Si te fijas bien, verás que eso es algo que nos sucede a todos con cierta periodicidad. Hay demasiadas “casualidades” o “coincidencias” como para creer que sólo son eso, algo fruto del azar que no tiene ninguna significación ni tampoco tiene ninguna causalidad.

Lo mismo me sucedió hasta que me decidí a recopilarlas para encontrar una explicación. El resultado lo he trasladado a un libro cuyo título lo dice bien claro: “No son coincidencias”. Entonces… ¿qué son?

Así las cosas, lo primero que debes hacer es preguntarte: “¿Por qué estoy leyendo esto ahora?”. Es una llamada para que lo averigües por ti mismo, para que abras la puerta a nueva dimensión. Piénsalo. A veces parece como si alguien ahí fuera estuviera jugando con nosotros.

“No son coincidencias", de Vicente Fisac, está disponible en Amazon (www.amazon.es) tanto en edición digital como en edición impresa.

domingo, 11 de octubre de 2020

Un apasionante Safari de... ¡ratas!

¡Qué magnífica sensación estar en Kenia disfrutando de la aventura de un Safari fotográfico! Quizás alguno de vosotros haya vivido esa experiencia. En cualquier caso puedo afirmar que eso no es nada comparado con la experiencia que viví hace unos años cuando realicé un Safari fotográfico, pero no para fotografiar elefantes, jirafas, leones, etc., sino para fotografiar… ¡ratas! ¿Qué no te lo crees? Pues sigue leyendo, porque esta es la historia auténtica y verdadera…

Trabajaba por aquél entonces en la compañía de agroquímicos ICI-Zeltia (hoy se llama Syngenta) y además de muchos y buenos insecticidas, fungicidas y herbicidas para el control de las plagas que atacan los cultivos agrícolas, teníamos dos raticidas: Ratak y Klerat. Ambos eran muy eficaces, porque su olor atraía a las ratas que, después de comerlo, no se morían hasta pasadas bastantes horas, de tal forma que cuando se empezaban a sentir mal no podían relacionarlo con lo que habían comido y por consiguiente no se corría la voz entre ellas diciendo que aquello era un veneno. Además, al sentirse mal volvían a su madriguera y allí morían, con lo cual –tras una campaña de desratización con estos productos- no volvía a verse una rata, ni viva ni muerta.

Entre nuestros clientes estaban muchos Ayuntamientos, que los utilizaban para el saneamiento de sus ciudades y pueblos. Por nuestra parte, en el Departamento de Publicidad, hacíamos todo tipo de campañas publicitarias, promociones, etc., incluyendo la realización de folletos y audiovisuales… dos cosas que requerían la utilización de fotografías de ratas para ilustrar los mensajes.

Nos dimos cuenta que las fotos de ratas que teníamos ya las habíamos usado y no era cuestión de andar reutilizando una y otra vez las mismas fotos, así que concluimos que era necesario hacer más fotos de ratas; pero ¿dónde y cómo?

Hablamos de esto con el Jefe de Producto de Ratak y Klerat, Jesús Ávila, quien nos organizó el más peculiar Safari fotográfico del que jamás hayáis tenido noticia. Nos advirtió –eso sí- que nos comprásemos unas botas altas de goma, de esas que usan los poceros, y que llevásemos ropa vieja porque después de aquella experiencia no sería suficiente con lavar la ropa sino que habría que tirarla directamente a la basura y en una bolsa bien cerrada.

Mi compañero Javier Cebrián y yo preparamos todo lo necesario siguiendo sus instrucciones y nos aprovisionamos de suficientes carretes fotográficos (aunque os parezca mentira en los años 80 no existían las cámaras fotográficas digitales). Nos repartimos en dos coches, el Jefe de Producto junto con un Delegado Comercial en un coche y Javier y yo en otro, y nos dirigimos hacia Talavera de la Reina (Toledo). Lo primero que hicimos fue una visita al Ayuntamiento en donde el técnico responsable de la desratización de la ciudad nos llevó de tour por… las alcantarillas. Pudimos ver cómo trabajaban los técnicos de este departamento, situando y renovando los cebos en las alcantarillas, aunque gracias a Dios no tuvimos necesidad de meternos nosotros también en las alcantarillas.

Sin embargo, tras una larga mañana recorriendo las alcantarillas de la ciudad, tan sólo habíamos podido ver y fotografías a los técnicos trabajando y algunos cebos mordidos por ratas… pero ni una sola rata. “Tranquilos –nos dijo el Jefe de Producto- que lo bueno vendrá esta noche”. Total, que nos fuimos a comer sin prisas y a pasear hasta que se hizo de noche.

Cuando los últimos rayos de sol se difuminaron en el horizonte cogimos los coches y nos dirigimos al vertedero de Talavera de la Reina. En efecto, si queríamos ver y fotografiar ratas, había que ir al vertedero municipal y además de noche, que es cuando estos animales salen en busca de comida.

No hubo necesidad de que nos dijesen que ya estábamos llegando, porque la bofetada de olor nauseabundo que se coló en el coche era suficientemente explícita. Íbamos en tres coches, los dos nuestros y el del técnico de Ayuntamiento que nos indicaba el camino. Por fin nos hizo la señal de parar y las luces de nuestros coches iluminaron una gigantesca montaña de basura. El olor ya era insoportable por lo que tuvimos que ponernos unas mascarillas que, la verdad, poca o nula efectividad tenían contra el olor.

Bajamos de los coches, pero las luces de los faros quedaron encendidas para que se viese bien la basura y pudiésemos hacer las correspondientes fotografías. Salvo basura no veíamos nada más, ni una sola rata… el ruido de los coches, nuestras pisadas y la luz de los coches las habían ahuyentado. Pero el atractivo de la basura y ese sin fin de olores putrefactos constituían un manjar tan delicioso que las ratas no podían sustraerse a sus encantos. Así, a los pocos minutos, apareció la primera rata en acción, a unos cinco metros de distancia de donde estábamos. Como llevábamos teleobjetivo en nuestras cámaras, empezamos a hacer fotos.

A los pocos minutos apareció por allí una segunda rata, y luego otra y otra… una vez superada la sorpresa de nuestra llegada, las ratas volvían a su quehacer habitual y comenzaban a correr y disfrutar probando de aquí y de allá todos los sabores del vertedero. Comprobamos que no se asustaban de nuestra presencia y mi compañero Javier y yo comenzamos a internarnos entre la basura para hacer mejores fotos, ya sin necesidad de teleobjetivo. Las ratas pasaban tranquilamente a nuestro alrededor. Vi, por ejemplo, en una ladera de la montaña de basura, una caja de cangrejos podridos y una rata entusiasmada comiéndoselos. Me acerqué… tanto que me salí de foco, tuve que retirarme para poder sacarle un primer plano. Así de cerca estábamos de las ratas, podíamos acercar la cámara hasta cuarenta centímetros de distancia sin que estas se asustasen ni se molestasen en absoluto. Por otra parte, nuestro sentido del olfato ya se había atrofiado completamente y ni sentíamos ni padecíamos el olor. Finalmente, tras casi una hora haciendo fotografías (gastamos todos los carretes que llevábamos) emprendimos la retirada.

Antes de entrar en el coche tuvimos la precaución de quitarnos las botas y aquella ropa vieja y meterla en unas bolsas de basura, y ponernos otros pantalones y jersey para el viaje de regreso. Al llegar a casa, ya de madrugada, todos dormían en casa. Saqué con cuidado la bolsa de basura con la ropa y la dejé en la terraza para tirarla a la basura al día siguiente. Lo único que se salvó fueron las botas que una vez lavadas y desinfectadas se las regalé a un Delegado Comercial, porque él sí tendría oportunidad de utilizarlas cada vez que visitase un campo de cultivo embarrado.

Por lo demás, al día siguiente llevamos a revelar los carretes y 24 horas después teníamos un completísimo arsenal de nuevas fotografías de ratas de todos los tamaños y en las más variadas poses. Ningún turista que haya realizado un safari fotográfico a Kenia habrá sacado tantas y tan buenas fotografías como las que nosotros conseguimos realizar aquella noche.