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sábado, 24 de octubre de 2020

Los privilegios del Papa Francisco para los homosexuales

Mucho revuelo han causado las palabras del Papa Francisco sobre los homosexuales, en el documental “Francesco”, del director de cine Evgeny Afineevsky, que ha sido presentado en el Festival de Cine de Roma.
 
Según lo que dice el Papa, los homosexuales tienen derecho a una unión civil que les de la misma cobertura legal que a las personas de distinto sexo que deciden casarse (algo que ya existe, por ejemplo, en muchos países, entre ellos España). Sin embargo, la Iglesia católica exige a sus fieles de distinto sexo que quieran casarse, el matrimonio católico. Es decir: a los heterosexuales se les exige boda por la iglesia; a los homosexuales sólo por lo civil.
 
También se muestra partidario de que los homosexuales formen una familia. Sin embargo la Iglesia católica pide a los heterosexuales que tengan todos los hijos que Dios quiera y que no utilicen métodos anticonceptivos. Es decir, a los heterosexuales se les da a elegir entre abstinencia sexual o procreación, mientras que a los homosexuales se les anima a formar una familia para lo cual tendrán que acudir por fuerza a los vientres de alquiler (prohibidos por la Iglesia y por muchos Gobiernos), a la inseminación artificial (si son mujeres) o a la adopción (que casi ningún país concede a parejas homosexuales).
 
Y, en definitiva, se muestra partidario de la unión civil (aunque no lo llame matrimonio) entre homosexuales, pero sigue negando ese derecho a los curas y a las monjas.
 
PD.- Que nadie piense, tras leer esto, que estoy en contra de los homosexuales; sólo tienen que echar un vistazo a cualquiera de los preciosos libros que he escrito sobre este tema (la novela “Castidad & Rock and roll” y el libro de poesía “Yo soy Alma & Algo así”) disponibles en Amazon tanto en edición digital como en edición impresa).

martes, 31 de enero de 2012

Un Papa con hipo

Uno de los episodios más curiosos en la historia de Astra tuvo como protagonista al papa Pío XII. Sucedió en 1954 cuando, un buen día de aquél año, Eugenio Pacelli (que gobernó la iglesia católica de 1939 a 1958 como Pío XII) sufrió un ataque de hipo.
 
Para cualquiera de nosotros no dejaría de ser una simple anécdota ya que esto es algo que a todos nos ha sucedido alguna vez y, sin duda, volveremos a padecer de vez en cuando. El hipo no tiene suficiente entidad de gravedad como para que merezca la pena centrar la atención mundial en quien lo padece.
 
Pero esto es así porque, por lo general, el hipo no pasa de ser un problema temporal. Aunque puede colocarnos en una situación embarazosa si se produce en público y más si es durante un acto en el que debemos mantener silencio, afortunadamente suele desaparecer a los pocos minutos. Hay infinidad de remedios caseros para subsanar esos ataques de hipo: desde recibir un susto o palmaditas en la espalda, hasta beber agua, incluso con la cabeza boca abajo.
 
La naturaleza nos ha dotado de un centro neurológico especial para el control del hipo, que se encuentra entre el tercer y el quinto segmento del cuello en la médula espinal. Esta es la ubicación aproximada de la laringe. Las señales nerviosas llegan aquí y desde este punto son reenviadas a las partes del organismo que están bajo la esfera del hipo. Así, se crea un circuito de señalización en el sistema nervioso que, una vez iniciado, resulta difícil interrumpir.
 
El hipo consiste en inhalaciones intensas y cortas que parten de la estimulación raquídea de ambos músculos abdominales en el diafragma y de los músculos que elevan el tórax. La epiglotis se cierra casi inmediatamente después de la contracción de los músculos del diafragma de manera que se dificulta la inspiración, mientras que al mismo tiempo se produce el ruido característico del ataque de hipo. Con frecuencia se asocia con la extensión del estómago, cambios repentinos en la temperatura, emociones fuertes o con el consumo de alcohol.
 
En la mayoría de las personas el hipo desaparece  tan deprisa como se inicia,  pero en  algunos casos,  si  se  prolonga durante más tiempo, puede ser un tormento considerable que hace imposible el trabajo diario y la relación con los demás. Y no digamos si persiste durante más de un día; la situación es grave y puede hacer sospechar la existencia de otra causa mayor como desencadenante.
 
Este fue el caso de Pío XII. Los síntomas se habían prolongado y quien los estaba sufriendo era ni más ni menos que la cabeza visible de la iglesia católica. Tras numerosas consultas los médicos que le estaban atendiendo dedujeron que el hipo estaba provocado por una parálisis nerviosa y podía incluso llegar a poner en peligro su vida. Para resolverlo, acudieron a uno de los productos más populares de Astra en aquella época, el anestésico local Xylocaína, que actuó sobre los centros nerviosos y pudo detener por fin el hipo.


Si quieres disfrutar de otras muchas anécdotas como esta y conocer la historia del laboratorio farmacéutico que nació de Alfred Nobel, puedes leer el libro:
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