Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...
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Una valiosa puerta de acceso al pasado
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*(AZprensa)* En un tiempo en el que el acceso al conocimiento parece
inmediato e ilimitado, las ediciones facsímiles se han consolidado como una
valiosa p...
Hace 2 horas
De
Rafael Fisac poco se sabe, salvo lo que conservan con agrado en la memoria
todos aquellos que lo conocieron. Hijo del médico, periodista y poeta Gaspar Fisac Orovio, se dedicó a la enseñanza en el Instituto Cervantes de Madrid. Amante del teatro y la cultura, se carteaba
con grandes literatos y artistas, algunos de los cuales pasaron a visitarlo en
su casa.
El
gran autor teatral Antonio Buero Vallejo, le dedicaba palabras como estas: “Con
pluma de oro y gota de zafiro, al tío Rafael –casi un padre”.
La
gran actriz de teatro María Jesús Valdés también le tenía en gran estima: “A mi
querido tío Rafael en una de mis ‘cortísimas’ visitas a esta casa tan cielo,
donde se respira bondad, paz y arte! Ya lo creo! Con todo mi cariño”.
Otros,
como un tal J.P. le decía: “Con la emoción de mis primeras confidencias, que
hubiera querido le revelase mi interior con la transparencia del agua clara”.
Un
tal P.G.S. le decía: “Con el mayor afecto, después de ‘des-cansar’ en su
apacible morada, donde he encontrado la amistad más sincera de toda mi vida”.
Y
otro, con iniciales H.F. le dedicaba este poemilla:
Este
recuerdo de mi amigo trazo,
con
tu pluma de oro,
mas
tu amistad yo la aprecio
como
el más alto tesoro”.
Claro
que si hay un poema que puede escenificar mejor que cualquier otra cosa cómo
era Rafael Fisac, es este que le dedicó Amador Ponce:
“Qué
propicia es esta casa
para
el éxtasis fecundo
donde
la mente se abraza,
olvidándose
del mundo
y
lo que en el mundo pasa.
Un
octavo piso; el suelo
allá
abajo; allá enfrente
el
rojo ardor del poniente,
y
arriba, muy cerca, el cielo
madrileño
y transparente.
No
he visto mejor lugar
para
vivir y soñar
en
una urbana Babel.
Por
algo vino a habitar
a
esta casa Rafael”.
Una
buena forma de conocer cómo son las personas es ver qué dicen de ella quienes
convivieron más de cerca con esa persona… y esto también lo puedes aplicar a ti
mismo.
Vicente
Fisac es periodista y escritor. Todos sus libros están disponibles en Amazon: https://www.amazon.com/author/fisac
“Médico,
periodista y poeta”: https://www.amazon.es/dp/1706950551
El
día del estreno llegó como un torbellino. El teatro estaba lleno, el aire
cargado de expectación. Adrián se quedó en la penumbra, al fondo, como siempre,
observando desde las sombras. Pero esta vez no era un escondite. Era su lugar,
el lugar desde donde podía ver cómo su verdad cobraba vida. Cuando el telón se
alzó y las primeras palabras resonaron, sintió un nudo en la garganta. Cada
escena era un pedazo de él, pero también un regalo para el mundo. Vio rostros
en el público: algunos conmovidos, con lágrimas brillando en los ojos; otros
incómodos, como si las palabras los obligaran a enfrentar algo que preferían
ignorar; otros absortos, atrapados por la magia del escenario.
Cuando
llegó la escena final, la voz de Elena llenó el teatro con una intensidad que
parecía trascender el espacio físico:
—Mírate.
No al espejo, no a la sombra. Mírate a ti. Porque lo que eres, lo que eliges
ser, es lo único que importa. Ese otro yo no es un extraño. Es el que siempre
estuvo ahí, esperando que lo reconozcas.
El
silencio que siguió fue profundo, casi sagrado. Y luego, el aplauso estalló, un
rugido que envolvió a Adrián como una ola. Pero no se unió. Cerró los ojos,
dejando que el sonido lo atravesara, dejando que llenara los espacios vacíos de
su alma. La semilla estaba plantada. No sabía cuántos la recogerían, cuántos se
detendrían a mirar dentro de sí mismos, a redescubrir esas palabras olvidadas:
gracias, perdón, cariño, comprensión, ayuda, solidaridad, escucha, apoyo. Pero
con que uno solo lo hiciera, sería suficiente.
Salió
del teatro al aire fresco de la noche, el cuaderno en su mochila, ahora ligero,
como si hubiera soltado un peso que llevaba años cargando. La ciudad brillaba a
su alrededor, las luces reflejándose en los charcos de la calle, pero por
primera vez, no buscó sombras en los reflejos. No escuchó la voz. Solo sintió
una calma profunda, como si el mundo, por un momento, estuviera en paz. Caminó por las calles, dejando que el viento
le acariciara el rostro. Recordó a la mujer joven en el parque, corriendo con
su perro, y la envidia que había sentido por esa simplicidad. Ahora, sin
embargo, no había envidia. Había gratitud. Gratitud por haber encontrado su
verdad, por haberla compartido, por haber dado un paso hacia la luz, aunque
fuera pequeño.
La
obra seguiría, noche tras noche, y con cada representación, la semilla se
esparciría un poco más. Algunos la ignorarían, otros la pisotearían sin darse
cuenta. Pero algunos, tal vez solo unos pocos, la recogerían. Y en ellos, algo
cambiaría. Una palabra amable, un gesto de perdón, una mano extendida. Y eso,
supo Adrián, era suficiente. Se detuvo
bajo un farol, abrió el cuaderno por una página en blanco y, por primera vez en
mucho tiempo, escribió. No en tinta roja, no con miedo, no con dudas. Escribió
con su propia mano, con su propia voz: Gracias. Por el espejo. Por la sombra.
Por mí. Cerró el cuaderno y siguió
caminando, con el corazón más ligero, sabiendo que ese otro yo había dejado de
ser un extraño. Era él. Y siempre lo sería.
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Biblioteca que abarca todos los géneros…
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Adrián
se dejó caer en la butaca al fondo del teatro, el cuaderno apretado contra su
regazo como si fuera un ancla en medio de una tormenta. El ensayo general de “El
eco de otro yo” estaba en pleno apogeo, y el escenario, bañado en una luz tenue
y dorada, parecía vibrar con una energía propia. Las voces de los actores
resonaban, entretejiendo las palabras que él había escrito en noches de
insomnio, cuando la oscuridad parecía susurrarle verdades que no quería
escuchar. Cada línea, cada pausa, cada mirada entre los personajes era como un
latido que reverberaba en su pecho, desenterrando emociones que había enterrado
bajo capas de rutina y miedo.
Elena,
en el centro del escenario, recitaba con una intensidad que cortaba el aire. Su
voz, clara pero cargada de un peso casi sobrenatural, llenaba el espacio:
—No
eres solo el que vive, ni el que sueña. Eres también el que elige. El tercero,
el que decide qué reflejo mostrar al mundo. Pero para elegir, primero debes
mirar. Mirar de verdad.
Las
palabras golpearon a Adrián como un eco de su propia alma. Sus manos temblaron
ligeramente, y el cuaderno se deslizó un poco sobre su regazo. Cerró los ojos,
intentando bloquear la avalancha de pensamientos que lo asaltaban. La sombra en
el espejo, la voz que lo perseguía desde el ático, las notas en tinta roja que
aparecían en su cuaderno como si alguien más las hubiera escrito… todo eso no
eran más que fragmentos de él mismo. Lo entendía ahora, con una claridad que
dolía. No había fantasmas externos, no había presencias acechantes. La sombra,
la voz, el “tercer yo” eran él: sus miedos, sus culpas, sus anhelos reprimidos,
todo lo que había evadido durante años, escondido tras la fachada de un hombre
que escribía historias para no tener que vivir la suya.
Abrió
los ojos y miró el escenario. Elena seguía actuando, su figura iluminada por un
foco que parecía hacerla brillar como un faro en la tormenta. Clara, la
directora, estaba de pie cerca del borde del escenario, con la carpeta de la
obra en la mano, dando indicaciones precisas pero con una suavidad que revelaba
su propia conexión con la historia. Adrián sintió una punzada de gratitud hacia
ella. Clara había creído en él, incluso cuando él mismo no lo hacía. Había
insistido en que volviera, en que enfrentara la obra, en que no huyera esta
vez. Y ahora, sentado allí, con el peso del cuaderno en sus manos y las
palabras de Elena resonando en su cabeza, empezaba a entender por qué.
El
ensayo continuó, y cada escena era como un espejo que reflejaba una parte de
Adrián que había intentado ignorar. Recordó las noches en el ático, cuando el
espejo de su habitación parecía vacío, pero no del todo; cuando la sombra que
veía no era suya, o al menos eso creía entonces. Ahora sabía que esa sombra era
él, el Adrián que no se atrevía a enfrentar. Las notas en el cuaderno, escritas
en una tinta roja que sangraba en las páginas, eran su propia voz, suplicándole
que mirara, que reconociera lo que llevaba dentro. El escenario es un espejo.
Lo que ves en él es lo que eres. La frase, escrita en una página al azar, lo
había perseguido como un mantra, y ahora, en el teatro, cobraba sentido.
La
obra no era solo una historia. Era un reflejo de su alma, pero también de algo
más grande, algo universal. Hablaba de la lucha interna de cada persona, de la
necesidad de mirar más allá de lo material, de lo efímero, de las cosas que nos
atan al mundo físico y nos hacen olvidar quiénes somos en realidad. Adrián
sintió una lágrima deslizarse por su mejilla, y no la limpió. Por primera vez,
no sintió vergüenza de su vulnerabilidad. La obra era su confesión, su
redención, su ofrenda al mundo. Era una semilla, una chispa que podía encender
algo en los corazones de quienes la vieran, que podía despertar palabras
olvidadas: gracias, perdón, cariño, comprensión, ayuda, solidaridad, escucha,
apoyo. Palabras que había enterrado bajo el peso de su propia soledad.
Cuando
el ensayo terminó, el silencio en el teatro fue casi ensordecedor. Los actores
se detuvieron, jadeando ligeramente, con el brillo del esfuerzo y la emoción en
sus rostros. Clara aplaudió, su entusiasmo rompiendo la quietud, y los demás se
unieron, llenando el espacio con un aplauso cálido, vivo. Adrián no se movió.
Sus ojos estaban fijos en el escenario, en el espejo que aún colgaba al fondo,
ahora apagado, sin sombras, sin reflejos. Por primera vez, no sintió miedo al
mirarlo. Solo sintió… paz.
Clara
se acercó a él, su paso firme pero su expresión suave, casi maternal.
—¿Y
bien, Adrián? —preguntó, inclinándose ligeramente para mirarlo a los ojos—.
¿Qué te pareció? ¿Estamos listos para el estreno?
Él
levantó la vista, y algo en su mirada hizo que Clara se detuviera. Por un
momento, no fue el Adrián pálido, agotado, perdido en sus propios laberintos.
Había una chispa en sus ojos, una determinación que no había estado allí antes.
—Estamos
listos —dijo, su voz baja pero firme, cargada de una convicción que lo
sorprendió incluso a él mismo—. Pero no es solo por el estreno, Clara. Esta
obra… tiene que salir al mundo. Tiene que llegar a la gente. Clara parpadeó, sorprendida por la intensidad
de sus palabras.
—¿Qué
quieres decir? —preguntó, sentándose a su lado, como si presintiera que lo que
venía era importante.
Adrián
respiró hondo, buscando las palabras, aunque sabía que ninguna sería suficiente
para expresar lo que sentía.
—Es
más que teatro. Es… una verdad. Una verdad sobre nosotros, sobre lo que somos
cuando nos quitamos las máscaras, cuando dejamos de escondernos detrás de lo
que creemos que importa. —Hizo una pausa, su mirada perdida en el escenario
vacío—. Todo este tiempo, pensé que la sombra, la voz, ese otro yo eran algo
externo, algo que me perseguía. Pero no. Era yo. Siempre fui yo. Y esta obra…
es mi manera de decirlo, de compartirlo. De plantar una semilla.
Clara
lo miró en silencio, sus ojos brillando con una mezcla de sorpresa y
admiración.
—Nunca
te había oído hablar así —dijo finalmente, su voz suave—. Siempre supe que esta
obra era especial, pero… ahora lo entiendo. Es tuya, Adrián. Es tu alma en el
escenario.
Elena,
que había estado recogiendo sus cosas al otro lado del teatro, se acercó
lentamente. Su presencia era como un imán, y Adrián sintió esa conexión
extraña, casi mística, que había percibido desde el primer día. Ella se detuvo
frente a él, su trenza cayendo sobre un hombro, sus ojos oscuros buscando los
suyos.
—Sabía
que lo entenderías —dijo, su voz baja, casi un susurro—. Lo sentí desde que leí
el guion. No es solo una obra. Es un espejo, Adrián. Y no todos están listos
para mirarse en él. Pero tú lo hiciste.
Las
palabras de Elena lo golpearon con una fuerza que lo dejó sin aliento. Por un
momento, sintió que ella veía a través de él, que conocía cada rincón de su
alma, cada herida, cada esperanza. Asintió, incapaz de hablar, pero agradecido
por su presencia, por su comprensión.
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