Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...
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Una valiosa puerta de acceso al pasado
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*(AZprensa)* En un tiempo en el que el acceso al conocimiento parece
inmediato e ilimitado, las ediciones facsímiles se han consolidado como una
valiosa p...
Hace 1 hora
Los deportes de invierno son aquellos que se practican
sobre la nieve o el hielo y las disciplinas más comunes (cada una de ella con
distintas variantes) son el Esquí, el Patinaje, el Descenso en Trineo, los
Deportes de Equipo, el Snowboard y las Motos de nieve o Motonieves, que es de
lo que hablaremos aquí.
Mi experiencia con este deporte se limita a dos grandes
recorridos, pero... ¡qué recorridos! Para empezar, el lugar donde probé lo que
es conducir una Motonieve fue Finlandia, concretamente Rovaniemi, un mes de
enero del año 2000, con una temperatura media durante el día de –18ºC y de
–20ºC por la noche. Yo pensaba que en pleno invierno no se vería la luz del
sol, pero sí que se veía, aunque la salida del mismo era a las 10:00 h. y la
puesta a las 13:00 h. Lo más llamativo era que entre la salida y la puesta del
sol no había ninguna diferencia, porque lo que hacía el sol era salir, quedarse
tumbado en el horizonte y, pasadas cuatro horas, volver a ponerse. Gracias a
Dios aquellos días el cielo estaba despejado por lo que se aprovecharon al
máximo las horas de luz solar y además, el entorno, todo nevado, reflejaba la
luz y aumentaba la luminosidad.
El motivo de tal viaje era la Convención de lanzamiento
del antihipetensivo Atacand (candesartán) y nos dimos cita allí toda la red de
Visitadores Médicos que trabajarían ese producto (unos 100) más unos cuantos de
Central (Marketing, Comunicación, etc.). De las dos veces que practiqué el
deporte de la Motonieve una fue durante esas cuatro horas de luz diurna y la
otra durante la noche (eran las cinco de la tarde pero era noche cerrada).
Provistos de nuestro mono térmico, botas, guantes y
casco, nos dimos cita a la puerta del hotel y allí nos fueron adjudicando unas
Motonieves al tiempo que nos explicaban su sencillo manejo. Realmente era muy
fácil manejarlas; al llevar dos filas de cadenas en vez de ruedas su
estabilidad era total y sólo había que tener cuidado para no dar acelerones
bruscos cuando estuviésemos girando. Lo que más agradecí fue que el propio
manillar (al que te agarrabas con guantes) llevaba incluso calefacción
interior, es decir, estaba calentito, y eso a –18ªC venía de maravilla. Aquél
recorrido fue por parajes de abetos cubiertos totalmente de nieve en medio de
una luz blanca casi cegadora y eso que ya he dicho que el sol no se levantaba
del horizonte.
El segundo recorrido fue por la tarde (es decir, en plena
noche) y nos dirigimos desde Rovaniemi a la ciudad de Kemi, en donde montamos
en el rompehielos “Sampo” para dar un paseo por el Báltico y bañarnos en sus
heladas aguas (con traje de neopreno, claro). Si antes había agradecido que el
manillar estuviese caliente, no te digo nada en plana oscuridad, con más frío
aún y un ligero viento que se había levantado.
No pasó nada especial ni gracioso en estos dos grandes
recorridos, pero fue tan bonita la experiencia que no podía dejar de contarla
en estas páginas.
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los libros de este autor.
A grandes rasgos, la promoción consistía en colocar un
expositor con un envase del herbicida Gramoxone con un candado en cada punto de
venta. En el mismo había unos folletos en los que se invitaba al agricultor a
participar en la promoción para lo cual debía rellenar y enviar una tarjeta con
su nombre, dirección y cultivos que tenía (gracias a lo cual pudimos construir
un gran listado de clientes potenciales). Al recibir las tarjetas (recibimos
10.765) se les enviaba una carta que contenía una llave real, de metal,
indicándoles que acudiesen al punto de venta para comprobar si esa llave abría
el candado; si conseguía abrirlo... ¡premio! ¡Habrían ganado una Mobylette! Así
de fácil y así de atractivo. Y si no lo abría, recibirían como premio de
consolación un llavero. Pero había algunas interioridades que ahora voy a
desvelar.
Compré más de 500 candados con su correspondiente trozo
de cadena, para que los delegados comerciales los distribuyesen en los puntos
de venta de toda la zona del Levante español, aunque la mayoría fue en la Comunidad
Valenciana. ¿Cómo hice para que unos candados pudieran abrirse y otros no, ya
que sólo había 100 premios y por lo tanto sólo debían existir 100 posibilidades
de abrirlos? Lo hable con Ferretería Venecia (mi proveedor para este menester)
y llegamos a la conclusión que la mejor manera era que sólo se pudieran abrir
con una llave que llevase su ranura a la derecha. Nos interesaba además que en
algunos puntos de venta importantes saliese premio y en otros de carácter
secundario no. Así que recibimos de Ferretería Venecia 100 candados que podían
abrirse con llave de ranura a la derecha y 400 candados que no podían abrirse
con esas llaves. Pero ¿y si algo fallaba? ¿Y si alguien llegaba con una llave
distinta a la que le hubiésemos enviado y por casualidad abría el candado? El
premio era demasiado goloso y demasiado caro como para descartar esa
posibilidad, así que nos tocó a mi compañero Javier Cebrián y a mí, como tantas
otras veces, resolver el problema. Una vez recibidos los candados que bajo
ningún concepto deberían abrirse, nos pusimos –con infinita paciencia- a
abrirlos, echarles unas gotas de pegamento especial instantáneo, cerrarlos y
dejarlos secar unos minutos. Aunque se metiese la llave adecuada en los mismos,
ya nadie sería capaz de abrirlos a partir de ese momento. Por el contrario en
los otros 100 esperábamos que esas 100 llaves buenas llegaran a ellos y, si por
alguna circunstancia, una llave ajena era capaz de abrirlos, el premio habría
que adjudicárselo al inesperado ganador, pero al menos ese candado se retiraría
de la circulación y sería sustituido por otro de los manipulados, por lo que el
premio no se duplicaría.
De esta forma, enviamos 10.665 llaves con ranura a la
izquierda (de ninguna manera podrían abrir el candado) y 100 llaves con ranura
a la derecha (que sí podrían abrir cualquiera de esos candados). Poco a poco
fueron abriéndose los candados que daban derecho a ese magnífico premio
instantáneo y se corrió la voz tan rápido como una moto de competición. Supimos
que algún avispado se pasaba por esos puntos de venta con un enorme manojo de
llaves para ver si conseguía abrirlos con alguna, pero nadie lo consiguió, sólo
los 100 afortunados a quienes (de manera aleatoria) habíamos enviado las llaves
maestras.
Finalizada la promoción se organizó un acto en el Parador
de El Saler (Valencia) para la entrega de premios y se buscó dotarlo de la
mayor notoriedad posible. A través de nuestro Jefe Regional en Valencia, se
contactó con el entonces Campeón del Mundo de motociclismo, Ricardo Tormo (1952-1988),
y este se prestó de forma gratuita a entregar los premios. Acudí, pues, a
Valencia, y dispuse toda la parafernalia para tal acto, con la exhibición de
las 100 Mobylettes puestas en línea, habiendo comunicado tal evento a la prensa
local. Ricardo Tormo fue entregando los premios y diversos medios de
comunicación de Valencia se hicieron eco de la entrega de premios, con
titulares tales como “Ricardo Tormo con Zeltia Agraria” que explicaba cómo: “Se
ha celebrado en el Parador Luis Vives (Valencia) la entrega de los premios de
la gran promoción Gramoxone extra. El campeón mundial Ricardo Tormo hizo
entrega de los ciclomotores que han correspondido a los ganadores de estas
provincias” y se daba la relación completa de los 56 ganadores de Valencia, Castellón,
Murcia, Alicante y Baleares, indicándose que otros 44 afortunados ganadores
correspondían a otras provincias, y una foto en la que se me veía con Ricardo
Tormo y el Jefe Regional, Christian Cuenca, durante el acto de entrega de
premios. Otro periódico daba la noticia con el titular “Premio a los
agricultores”, diciendo a continuación: “El motorista valenciano Ricardo Tormo,
que tantos triunfos ha cosechado, fue el encargado de entregar ayer los premios
que Zeltia Agraria ha concedido a 56 agricultores valencianos que se han
destacado por su buena labor. El acto tuvo lugar en el Parador Luis Vives, de
El Saler, a las seis de la tarde, con asistencia de directivos de la entidad
patrocinadora y numerosos invitados, y constituyó una agradable fiesta que viene
a cerrar el certamen destinado a premiar a los agricultores”.
Como se ve, mi relación con el mundo de las motos ha sido
insignificante, puramente testimonial; sin embargo, me permitió codearme con
todo un Campeón del Mundo, Ricardo Tormo, dos veces Campeón del Mundo (1978 y
1981) en la categoría de 50 cc; así como tres veces Campeón de España en 50 cc
y cuatro veces Campeón de España en 125 cc; habiendo participado en 62 grandes
premios a lo largo de su corta carrera (una grave accidente durante unos entrenamientos
le alejó de las pistas y falleció poco después a causa de una leucemia) con un
palmarés de 19 victorias y 36 podios. Al famoso circuito de Cheste se le
bautizó más tarde como “Circuito Ricardo Tormo”.
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En mi caso concreto baste decir que nunca tuve ninguna
moto, y nunca piloté ninguna moto, aunque alguna vez (muy pocas) fui como
copiloto, precisamente en una época donde nadie llevaba casco. Mi relación con
las motos nunca fue muy cercana, es más, parecía como si las motos fuesen las
que se alejasen de mí. Sirva como ejemplo que una vez vino mi amigo Joaquín
Grassi a casa a enseñarme la motocicleta que le acababa de comprar su padre.
“Baja a verla”, me dijo todo contento en cuanto le abrí la puerta de casa, y en
efecto así hicimos y bajamos rápidamente a verla... pero ya no estaba. Algún
caco había sido más rápido aún y se la había llevado. Así que el pobre Joaquín
regresó hundido y cabizbajo hasta su
casa sin encontrar la manera de explicarle a su padre lo que había pasado,
porque además como era una motocicleta de pequeña cilindrada no tenía matrícula
y por consiguiente era absurdo poner una denuncia porque nunca podría
encontrarse, ni aunque un día se topase con ella delante de sus narices, porque
al no tener matrícula era imposible identificarla. No le duró ni 24 horas la
alegría de la moto y, en cambio, sí que le duró muchos años el disgusto de
aquél robo.
Sin embargo como empresario sí que tuve una vez la
oportunidad de acercarme al mundo del motociclismo y codearme con la élite de
este deporte. Sucedió en el año 1983 y acababa de empezar a trabajar como Jefe
de Publicidad en la empresa de agroquímicos Zeltia Agraria. Gustaba mucho en
esta empresa hacer grandes promociones, aunque con un error conceptual básico:
se gastaban mucho dinero en los regalos y muy poco en la comunicación e
incentivación de los clientes potenciales. Todo eso fue cambiando a partir de
mi incorporación aunque en esta promoción que voy a relatar, que era la primera
gran promoción en que participaba, se destinó más dinero a los premios que a la
comunicación, y es que el premio consistía en 100 motocicletas de la marca
Mobylette.
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