
Pero el místico no es un ermitaño, ni un mojigato; sino una
persona que disfruta de la vida y disfruta repartiendo bondad allá donde se
encuentre. Al verdadero místico le importa un bledo conseguir o no el éxito en
sus experimentos místicos y meditaciones, porque le basta y sobra con la
satisfacción que logra haciendo el bien, repartiendo alegría, y recibiendo
energía en sus pequeños ratos de meditación.
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