Para empezar el año con buen humor vamos a hablar de la
novela “Una boda y un armario”, una novela de humor absurdo y disparatado en el
más puro estilo de un clásico vodevil.
En un apartamento del madrileño barrio de Argüelles en
los años 70, un escritor tan imaginativo como disparatado convoca a sus dos
mejores amigos para que sean testigos de lo que él llama “el gran experimento”.
Y por su puerta desfilarán tres mujeres que ignoran cuál es el objetivo.
Entre timbrazos, armarios que cobran vida propia, y
visitantes inesperados, su plan se desmorona en una sucesión de malentendidos y
revelaciones sorprendentes. Porque cuando el amor se convierte en experimento,
el resultado nunca es el previsto.
La novela “Una boda y un armario” forma parte del libro “Novelas
escogidas”…
Novelas escogidas
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Este
blog llamado “Palabras inefables” sigue su andadura un año más, divulgando por
el aire sus palabras inefables. Como bien indica su nombre, no se puede
encasillar en ninguna categoría y por lo tanto tampoco lo intentaré ahora;
simplemente te diré que todo cuanto he escrito en este blog permanece siempre a
disposición de los lectores.
Un
total de 248 escritos publicados este año que se suman a los más de 4.000
publicados en años anteriores… ¡y todos ellos pueden ser consultados! Para ello, desde la ventana superior
izquierda (en la versión web) puedes escribir la palabra o palabras clave que
busques y te llevará a las noticias.
Pero también, si conoces la fecha aproximada de su publicación, puedes
consultar el índice de noticias publicadas que aparece en el lateral derecho.
Termina
un año pero la vida continúa un poco más… Disfrútala y haz que quienes te
rodean también la disfruten.
Pasó de nuevo por la cafetería, ahora cerrada a cal y
canto. Las luces apagadas, las sillas apiladas, el cartel de “Cerrado” colgando
torcido. Creyó ver en el cristal del escaparate el reflejo tímido y amable de
la camarera —esa sonrisa fugaz—, pero solo fue el reflejo de un transeúnte que
pasó a su lado, apresurado bajo un paraguas plegado.
El camino a casa le resultaba familiar, un laberinto de
callejones que conocía de memoria: la panadería con su olor a hogaza recién
horneada incluso a esas horas, el bar de la esquina donde los parroquianos
jugaban al mus hasta altas horas, el portal de un vecino que siempre dejaba la
radio encendida con coplas de Manolo Escobar. Se detuvo bajo la luz amarillenta
de una farola, el halo iluminando su figura como un foco en un escenario vacío.
Sin poder reprimirlo, sacó de su bolsillo interior un sobre alargado, arrugado
por el manejo constante. Lo abrió con dedos que temblaban ligeramente —no por
el frío, sino por algo más profundo— y extrajo el papel que contenía un informe
médico y una jerga de términos incomprensibles que era fácil interpretar como
una sentencia.
Lo leyó aunque ya se lo sabía de memoria. “Carcinoma
avanzado… pronóstico reservado… meses, quizás semanas”. No entendía ni la mitad
de las cosas que allí ponía —los médicos hablaban en un idioma propio, lleno de
eufemismos y derivas como los electrocardiogramas—, pero sí era fácil
comprender la conclusión final: su final estaba cerca. Así lo reflejaban los
análisis, las palabras del doctor con su bata blanca y su voz compasiva:
“Prepárese, señor. Disfrute el tiempo que le queda”.
Sintió que todo le daba igual. ¿Para qué luchar? ¿Para
qué aferrarse? ¡Si no tenía a nadie! Estaba solo. Su mujer, esa compañera de
toda una vida —con su risa contagiosa, sus manos suaves al preparar la cena,
sus arrugas compartidas—, había muerto hacía ya unos cuantos años. Un infarto
silencioso, en la cocina, mientras pelaba patatas. No tenía hijos —nunca
llegaron, a pesar de los intentos y las promesas—, ni familiares cercanos, al
menos ninguno próximo a su corazón. Un sobrino lejano en Valencia, una prima en
Bilbao que enviaba postales en Navidad. ¿A quién le iba a importar que muriera?
Nadie lo iba a extrañar en las reuniones familiares que nunca tuvo. Nadie lo
echaría de menos en el banco del parque. Nadie lo recordaría más allá de un
“pobre viejo” en una esquela olvidada.
Guardó el papel en el sobre con cuidado, como si fuera un
tesoro amargo, y siguió caminando hacia su casa. El portal era un edificio
antiguo, con escalera de madera y un ascensor antiguo. Sacó las llaves del
bolsillo —un llavero con una foto desvaída de su mujer en la playa de Benidorm,
sonriendo con el viento en el pelo— y al levantar la vista se vio frente al
espejo del ascensor. NO había reparado antes ene llo, pero el espejo le
devolvía la imagen de un hombre con una larga gabardina empapada, el cuello
subido como un muro, el sombrero inclinado hacia delante ocultando el rostro en
sombras. Apenas se vislumbraban los ojos, hundidos en órbitas oscuras. Era él,
pero entonces sintió algo que le hizo estremecer: ¡Esa imagen le resultaba
extrañamente familiar! No era solo verse a sí mismo, como cada noche al llegar.
Era algo más profundo, como verse desde el exterior, como un espectador de su
propia vida. Un déjà vu que le erizó los vellos de los brazos. Algo se encendió
en su interior —una chispa de curiosidad, de maravilla— y le hizo pulsar de
nuevo el botón de bajada del ascensor. Salió de nuevo de su casa y se dirigió,
con pasos tambaleantes, hacia el escaparate de una librería junto al portal de
su casa. La visitaba con frecuencia para abastecerse de lectura, un local
estrecho pero acogedor con un nombre evocador: “Libros del Alama”. El dueño, un
anciano como él pero con gafas de montura gruesa y una pasión por los clásicos,
lo saludaba siempre con un “¿Qué tal hoy, amigo?”. Estaba cerrada, pero el escaparate
iluminado por un foco tenue exhibía las novedades.
Se acercó, el aliento empañando el cristal frío. Miró con
detenimiento los libros expuestos: novelas policíacas con portadas atractivas,
ensayos filosóficos con títulos pretenciosos, poemarios de autores locales. Y
entonces surgió la sorpresa, un golpe al corazón que lo dejó sin aliento: allí
había un libro que se titulaba “El hombre de las sombras”, de una tal Neus B.G.
La portada era una fotografía en blanco y negro, tomada bajo la lluvia: la figura
de un hombre caminando por un parque, con una larga gabardina con el cuello
subido, un sombrero inclinado tapándole el rostro, y el fondo borroso de
árboles y farolas. ¡Era él mismo! ¡Él mismo aquella misma noche!
El corazón le latió con fuerza, un tambor desbocado. Se
acercó más, la nariz casi tocando el cristal. La imagen era idéntica, parecía
como si le hubiesen fotografiado: el andar encorvado, la gabardina arrugada, el
mismo sombrero. ¿Cómo era posible? ¿Quién era esa Neus B.G.? ¿Lo había seguido?
¿Lo había fotografiado sin que se diera cuenta en alguno de sus paseos
solitarios al anochecer? La sinopsis en la contraportada hablaba de un hombre
solitario, deambulando por Madrid, contemplando estrellas y recuerdos,
enfrentando el final con una revelación que lo cambiaba todo.
Fue entonces cuando sintió que ya no estaría solo. Que,
cuando se hubiese marchado de este mundo —cuando su luz se apagara como
cualquiera de esas estrellas lejanas que nos parecen inmortales—, habría muchas
personas que le recordarían. Todos los lectores de aquel libro: extraños en
metros abarrotados, en camas de hospital, en cafés como el suyo. Ellos verían
su silueta en la portada, leerían sus pensamientos bajo las estrellas,
sentirían su soledad y su chispa infantil. Mantendrían viva su memoria, como su
padre había predicho. Su luz seguiría viajando, llegando a corazones
desconocidos, brillando en recuerdos ajenos.
Una lágrima rodó por su mejilla arrugada, cálida contra
el frío de la noche. Sonrió, una sonrisa genuina por primera vez en años.
Guardó las llaves, dio media vuelta y caminó de nuevo hacia el parque. Mañana
compraría el libro. Mañana empezaría a leer su propia historia. Y mientras
tanto, las estrellas —vivas o muertas— lo seguirían mirando como testigos
eternos de un hombre que, al fin, había encontrado su propio eco en el
universo.
Allí seguía, tumbado en el claro del parque, sobre la
hierba que se adhería a su gabardina como un recordatorio pegajoso de la
realidad. La humedad ya había traspasado la ya inútil protección de la
gabardina… pero no le importaba. Ni el frío que se colaba por los puños, ni el
olor a musgo y hojas que impregnaba el aire. Su vista y sus pensamientos se
perdían en las estrellas, que cada vez ocupaban más espacio en el cielo
conforme la oscuridad de la noche se volvía más intensa. Y en esa profunda
oscuridad la luz de las estrellas revelaba un tapiz infinito de puntos
luminosos: la Osa Mayor con su carro eterno, Casiopea en su trono, y miles de
anónimas galaxias que parpadeaban con timidez.
Ya habían pasado muchos años. Demasiados. Ahora él era
tan viejo como aquel padre que recordaba con cariño, con su voz grave y ojos
que brillaban al contar historias en el porche de la casa del pueblo. Se tocó
el rostro con dedos temblorosos, cerciorándose de los surcos que la edad había
tallado como cicatrices invisibles: arrugas profundas alrededor de los ojos, surcos
en las mejillas, la piel floja bajo la barbilla. Eran mapas de una vida larga,
de risas apagadas, de lágrimas secas, de noches en vela. Se llevó la mano a la
cabeza, palpando los mechones escasos y grises que asomaban bajo el sombrero.
De su antigua cabellera que mostraba con orgullo durante su Juventus, solo
quedaban pequeños recuerdos, unos mechones blancos como símbolo de banderas
blancas de rendición.
Miró de nuevo al cielo, y en el silencio absoluto de la
noche —roto solo por el crujido ocasional de una rama o el susurro de las
hojas— fue capaz de escuchar los latidos de su propio corazón. Thump-thump.
Thump-thump. Regulares, insistentes, como un tambor lejano en una procesión. Le
decían que estaba vivo. Que, a pesar del cuerpo envejecido, su alma seguía
siendo joven e inmadura, un niño atrapado en un cascarón frágil. Seguía soñando
con aventuras que nunca emprendió, con amores que se escaparon entre los dedos,
con palabras no dichas. Mas no había allí nadie que le confirmara lo que había
de cierto o errado en sus pensamientos. Nadie para decirle: “Sí, viejo, aún hay
fuego en ti”. Solo tenía como compañeras a las estrellas, mudos testigos de su
introspección.
Se levantó lentamente, con un lev gemido que escapó de
sus labios al incorporarse. Las rodillas protestaron, la espalda le avisó con
un pinchazo agudo, y tuvo que apoyarse en un árbol cercano para equilibrarse.
El parque estaba desierto: bancos vacíos, senderos mudos, solo el eco de sus
pasos en la tierra mojada. Regresó a casa con parsimonia, cada paso un esfuerzo
calculado. La lluvia era pasado, pero el suelo encharcado le recordaba que todo
lo sentido y vivido aquella tarde era real: el café olvidado en la mesa
mientras su mente divagaba entre las páginas de un libro, la camarera tímida
que le avisó de la hora del cierre, su presencia ocupando un espacio perenne y
movible en este mundo…
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La oscuridad se había adueñado de Madrid con la sutileza
de un velo negro. Las calles, aún brillantes por la lluvia reciente, reflejaban
las luces de las farolas en charcos que parecían espejos rotos. La tranquilidad
de la noche era casi palpable: el bullicio diurno —cláxones, vendedores
ambulantes, el trasiego de la gente por la calle— había dado paso a un silencio
roto solo por el goteo ocasional de un canalón o el ladrido lejano de un perro.
Los pocos ciudadanos que quedaban se dirigían a sus hogares: un matrimonio
mayor cogido del brazo, un grupo de jóvenes riendo bajo un paraguas compartido,
una madre con un niño dormido en brazos. Apuraban los últimos minutos del día
con sus seres queridos, antes de caer en el sueño profundo que restauraba el
alma.
Y él, un hombre perdido entre las sombras, deambulaba sin
rumbo concreto. Su gabardina chorreaba aún gotas residuales, y el sombrero
goteaba sobre sus hombros. No tenía prisa; ¿para qué? Su apartamento —un pisito
estrecho en el Madrid antiguo, con paredes deslucidas y una cama que se había
amoldado a su cuerpo— podía esperar. Siguió caminando sin tener noción del
tiempo ni a dónde se dirigía. Guiado por el inconsciente, como un sonámbulo, se
adentró en un parque cercano: el Parque del Oeste, con sus senderos
serpenteantes y bancos de madera ahora vacíos por lo avanzado de la hora y la
humedad reinante. Ya había dejado de llover, pero el aroma de la tierra mojada
se extendía por todos los rincones: húmedo, terroso, con un toque de pino y
hojas descompuestas. Los pequeños riachuelos improvisados por la reciente
lluvia, danzaban entre los árboles, serpenteando por el césped empapado, y la
tierra se hundía bajo sus zapatos a cada paso, dejando huellas que la noche
pronto ocultaría.
Las noches tenían una esencia especial, casi mágica. Con
ellas llegaba una calma que el día negaba: el tráfico se apagaba, las
preocupaciones se diluían en la negrura, y el cielo se convertía en un lienzo
infinito. Al llegar a un pequeño claro —un círculo de hierba rodeado de cedros
centenarios—, se arrodilló con dificultad y se recostó boca arriba sobre la
hierba aún mojada, ignorando el frío y la humedad que se filtraban a través de
la gabardina. Miró el cielo. Las nubes se habían marchado. Sobre él un inmenso
manto negro salpicado de estrellas: pequeñas motitas de luz que parpadeaban
como ojos distantes. Le gustaba contarlas, una a una, como un ritual infantil
que nunca había abandonado. Una, dos, tres… hasta perder la cuenta en las
constelaciones. “Allí está Venus, ese otro es Marte”, se decía, tratando de
distinguir los planetas visibles a simple vista de las estrellas. Parecía
imposible pensar que algunas de aquellas estrellas ya habían muerto hacía
eones. Explotado en supernovas, consumidas en su propio fuego, pero su luz
seguía viajando a través del vacío, llegando a la Tierra millones de años
después. Era un recordatorio cruel y hermoso: nada dura para siempre, pero el
eco persiste.
Una sonrisa triste iluminó su rostro arrugado, suavizando
las líneas por un instante. Pensó en su padre, en las noches de verano en el
pueblo, cuando era niño. Sentados en el porche, con el olor a jazmín y el canto
de los grillos, su padre señalaba el cielo: “Mira, hijo. Como las estrellas,
las personas nunca mueren del todo. Mientras quede alguien que nos recuerde,
nuestra luz sigue brillando en sus corazones y recuerdos”.
Y estaba seguro de que no se equivocaba. Porque la luz de
su padre —ese hombre maravilloso, con manos callosas de labrador y una risa que
llenaba habitaciones— aún brillaba en su corazón. Jamás moriría mientras él la
llevara consigo. Bajo las estrellas, sobre la hierba húmeda, cerró los ojos. La
noche lo envolvía, y por un momento, el frío no importó.
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