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martes, 20 de abril de 2021

El códice y el robobo (26)

Capítulo 21.- Desmontando el tinglado
 
Empezaba a lloviznar cuando Bartolomé Laza salía de su casa en dirección a la Jefatura de la Guardia Civil de Santiago de Compostela. Cuando llegó allí, la lluvia había arreciado y, a pesar de llevar paraguas, y botas de agua, estaba empapado.
- Buenas tardes, soy el secretario del museo catedralicio y quiero hablar con la persona que está a cargo de la investigación sobre el robo del códice Calixtino, reclamó con voz engolada.
- ¡Mi teniente, aquí el rapaz pregunta por Ud.! -gritó el cabo de servicio.
 
Laza, tremendamente molesto por el tratamiento del suboficial, miró con aire de fastidio a la puerta a la que el joven había dirigido su interlocución.
- Teniente Ramos. ¿Que se le ofrece, caballero?- dijo una potente voz.
 
En la habitación se personó un hombre corpulento de mediana edad que destacaba por su estupendo y cuidado mostacho. Laza le tendió la mano, pero al observar que el oficial permanecía con ellas a la espalda, la bajó tímidamente.
- Verá, soy Bartolomé Laza, secretario del museo catedralicio y quería tratar con Ud. sobre el robo del Códice
- ¡Vaya!- exclamó- Esto si que es una casualidad. Teníamos previsto ir a hablar con Ud. esta misma tarde
- Pues ya ve, me he adelantado, dijo Laza levantando una ceja al más puro estilo Nadal.
- Pase, por favor, a mi despacho, ahí estaremos más cómodos.
 
Los dos hombres se dirigieron a una habitación interior situada al fondo del pasillo. La estancia mostraba una decoración espartana. Un mapa de la ciudad y un tablón de corcho ocupaban la pared izquierda. Justo en la esquina, otro mapa, este de la geografía local. Un cuadro de los Reyes de España presidía la pared trasera a la mesa y una camiseta del Celta estaba sujeta con chinchetas justo al lado, tapando una grieta bastante importante. La tapicería de las sillas iba necesitando un repaso, pero en realidad, también la pintura, la iluminación y el resto del mobiliario, necesitaban repaso.
 
Laza tomó asiento enfrente del teniente Ramos y empezó su relato.
- Ante todo, quiero que sepa que vengo en nombre del director del museo, y cumpliendo órdenes del delegado de cultura de la Xunta, de Patrimonio Nacional y del obispo de Santiago. Aquí traigo las declaraciones y autorizaciones pertinentes para que no haya ningún género de dudas.
- ¿Me permite, por favor? Solicitó el teniente extendiendo la mano.
- Todo esto comenzó hace unos meses, en concreto, tras la recuperación del códice el pasado verano -comenzó Laza-. Una mañana, el director del museo, me informó que al día siguiente tendríamos una visita importante, que debería preparar la sala capitular y guardar la máxima discreción. La verdad es que no era para menos. Al día siguiente acudieron al museo catedralicio el deán de la catedral, el Sr. obispo de Santiago, el delegado de cultura del la Xunta, y un responsable de Patrimonio que venía desde Madrid.
- Prosiga, prosiga...- indicó Ramos, vivamente intere-sado en el relato.
- Esa reunión tenía una doble finalidad: encontrar la ubicación idónea para el códice Calixtino y diseñar un sistema para evitar sucesivos robos. El primero quedó resuelto en breve, puesto que todos coincidieron que nuestro museo, por sus características y situación, era el lugar más adecuado para albergar el códice, Respecto a lo segundo, la iniciativa partió del responsable de Patrimonio. Yo me quedé estupefacto cuando escuché aquello.
- ¿Qué proponía, pues?
- Algo impensable. Aquel hombre, sacó de su maleta un ejemplar del códice Calixtino, mejor dicho, una réplica exacta. No había manera de distinguirla aunque se tuviera una al lado de la otra. El cuero, la textura del papel, las letras, el color, el cosido...Todo era idéntico. Según explicó, tan sólo sometiéndolo a un examen con infrarrojos se podría descubrir la falsificación...
- No entiendo nada... ¿El responsable de Patrimonio traía una falsificación del códice? ¿A dónde quería llegar?
- A eso voy. Según nos dijo, aquél ejemplar sería el que guardaríamos en la sala y se le dispensaría el mismo trato que al auténtico. Para eso, nadie, absolutamente nadie salvo nosotros, debería estar al tanto de esta medida
- ¿Me está diciendo que en la cámara acorazada se guardaba una falsificación? -murmuró asombrado el teniente Ramos.
- Exactamente, desde el momento en que se abrió la exposición al público, los visitantes han estado contemplando un facsímil.
- ¿Y el códice auténtico?
- ¡Ah! Eso es un misterio. Yo no lo sé ni lo quiero saber. Aquél hombre, el que vino de Madrid, lo envolvió con cuidado en el paño negro en el que había traído el otro y lo guardó en una maleta que cerró con combinación.
- Entonces... el robo... ¿También es falso?
- ¡No, no! El robo es auténtico... Nosotros fuimos los primeros que quedamos sorprendidos cuando ocurrió y también nos desconcertó. Obviamente no se había planeado nada semejante, pero en cierto modo, todos suspiramos aliviados cuando supimos la noticia, en el sentido de que pensamos que nos habíamos librado de una buena... ¿Se imagina que nos hubieran robado por dos veces, tras burlar sofisticadas medidas de seguridad, el mismo ejemplar?
- Bueno... técnicamente... eso es lo que ha ocurrido...
- Técnicamente si, pero no realmente- puntualizó Laza-. Por eso estoy yo aquí, para ponerle al corriente de la situación.
- Ya... Pues mire Ud., llevamos más de una semana de cabeza con el dichoso robo... Tengo movilizada a varias unidades especializadas y hemos coordinado este operativo con Madrid.... ¿Ud. sabe todo el trabajo y coste que supone eso?- preguntó molesto el teniente.
- Me lo figuro, pero tenía que ser así...
- ¿Qué está diciendo?
- ¡Pues que debía ser creíble para que el ladrón no sospechara que se había llevado una copia y para que el destino del auténtico códice no peligrara!
- Si, ya voy comprendiéndolo... –musitó el teniente Laza sin comprenderlo del todo.
- Ante las dimensiones que estaba tomando la noticia y, justamente por la cantidad de agentes que hay involucrados, el consejero de la Xunta, a través del delegado, nos llamó para autorizarnos a contarles a Uds. toda la verdad, de manera que, si bien no deben desmontar todo el operativo, lógicamente, al saber esto, no es necesario que empleen todos sus esfuerzos. Asimismo deben tener cuidado para que nada de esto trascienda a los medios y no se venga abajo el montaje. Ya sabe... ¡menudos son esos! En definitiva, lo único que hay que hacer es mantener las apariencias, y si se encuentra a los ladrones, mucho mejor, pero sin dedicar a eso todos los recursos policiales.
- En fin, visto lo visto, tengo que informar a mis superiores. Comprenderá que, debido al nuevo rumbo que ha tomado la investigación, no tengo más remedio que poner al corriente de ello a mis jefes...
- Lo que si tengo que pedirle es que se trate con la mayor confidencialidad, que no trascienda más de lo necesario y por supuesto, nada de esto a los medios de comunicación. Creo que no tengo que explicarle la importancia de todo esto ni recordarle que toda prudencia es poca...
 
Ramos le miró de soslayo y algo así como una sonrisa de autosuficiencia se le dibujó en su rostro hierático mientras se inclinaba en plan dominador sobre el secretario.
- Sr. Laza. No hay necesidad de que me hable de discreción ni de prudencia... Cuando sus padres le estaban haciendo, yo ya sabía lo que era la prudencia....

Continuará...

lunes, 19 de abril de 2021

El códice y el robobo (25)

Capítulo 20.- En to el charco
 
Marcelino Linaza se dio cuenta que tenía dos cargamentos muy valiosos, y peligrosos, en sus manos, y no era cuestión de esperar para darles salida y hacer negocio; aún más, cuanto antes soltase aquél cargamento, más tranquilo se quedaría. Cerró la tienda sin mirar la hora; aquello era más importante que atender a cualquier posible cliente, entre otras cosas porque su chamarilería era una simple tapadera para su negocio de contrabando de tabaco. Pero esta vez había conseguido un cargamento de cocaína en los bajos de un antiguo tocadiscos y dos manuscritos que posiblemente fuesen valiosos. Por un momento pensó que podía tratarse del manuscrito “robado por segunda vez” como anunció la prensa, razón de más para darle salida de inmediato.
 
Con una frialdad calculada repitió los mismos pasos que había dado en ocasiones similares precedentes. Preparó varias cajas de cartón en donde colocó con esmero, envueltas en terciopelo negro, las bolsitas de plástico conteniendo la cocaína. Lo mismo hizo con los dos manuscritos. Después fue colocando encima algunas piezas delicadas de porcelana antigua, un reloj barroco de bronce, un par de candelabros, varias piezas de marfil y una colección de abanicos. Cuando terminó, cerró y precintó las cajas. Después cogió el teléfono y marcó un número.
 
- ¿Está Don Jenaro? –preguntó Marcelino.
- ¿Quién le llama? –respondió una voz grave, tipo Constantino Romero.
- Soy Marcelino Linaza y me gustaría llevarle a Don Jenaro unos artículos “muy” especiales –Marcelino recalcó lo de “muy”.
- Espere un momento...  -Marcelino empezó a tamborilear con los dos sobre la caja de cartón obteniendo una armoniosa percusión en el más puro estilo jazz. Al cabo de unos minutos interminables, tantos que tuvo que hacer dos bises con la canción que había interpretado, volvió la voz grave a responderle- ...Puede venir ahora mismo. No se demore, porque Don Jenaro tiene esta tarde una reunión.
 
Cuando Marcelino dijo “de acuerdo, ahora mismo salgo para allí”, el ayudante de Don Jenaro ya había colgado. No obstante, y sin inmutarse, abrió la puerta trasera de su local y sacó a duras penas (las había cargado demasiado) las dos cajas. Las colocó en el suelo y entonces se dio cuenta que había dejado aparcado el coche a tres manzanas de distancia, demasiado para cargar las cajas. En esto vio acercarse a ese joven que le había vendido los manuscritos.
- Hola, ¿podrías ayudarme a cargar estas cajas hasta el coche? –le preguntó Marcelino.
Como Remigio estaba muy contento, después de haberse tomado dos cubatas a cuenta del dinero de los “libracos viejos”, y pensando que eso le reportaría una propina dijo que sí de buen grado.
- Sí, por supuesto, ¿a dónde hay que llevarlo?
- No está lejos, sígueme. -Marcelino cogió las dos pesadas cajas de cartón y fue detrás de él, al tiempo que comenzaba a llover de nuevo-. Acelera, que no se mojen mucho las cajas -respondió.
 
Al llegar al coche, y mientras Marcelino buscaba las llaves para abrirlo, Remigio dejó las cajas en el suelo, sin darse cuenta que las dejaba justo encima de un gran charco. Marcelino fue retirando algunos trastos que tenía en el maletero para hacer hueco y colocar bien las cajas. Como la lluvia se volvía más intensa por momentos, Marcelino se metió en el coche mientras Remigio se ocupaba de colocar las cajas en el maletero. Al ir a coger la segunda caja, la base de cartón, completamente mojada, se desgarró y Remigio solo pudo meter en el maletero una especie de amasijo de cartón poliédrico en el que se agolpaban diversos objetos. No se dio cuenta que se quedaba en el suelo un paño de terciopelo negro.
- Ya está –le dijo satisfecho, Remigio, esperando una propina que, en efecto, recibió en forma de billete de cinco euros.
 
Fue entonces, al alejarse el coche, cuando Remigio descubrió aquél paquete de terciopelo negro en el suelo. Lo cogió, sin saber que había salido de una de las cajas mojadas, y se fue a un soportal para averiguar qué había dentro. Como no había nadie por allí cerca, nadie pudo ver la cara de sorpresa que puso cuando vio aparecer otra vez los dos “libracos viejos” que acababa de vender. Después, quitó otro doblez del paño y descubrió unas bolsitas de plástico con polvo blanco. “Anda, un montón de paquetes de harina –se dijo- qué contenta se va a poner mi madre”. Hizo un hatillo con su nuevo cargamento y se fue a su casa, mientras se devanaba los sesos pensando cómo podían haber llegado allí esos dos “libracos”, que sin duda se le habían perdido al chamarilero, y por tanto no era cuestión de ir otra vez a vendérselos. Los guardaría en algún lugar seguro y dentro de unos meses –cuando ya se le hubiese olvidado- iría otra vez a vendérselos. “Total, por cuarenta euros que puedo sacarme otra vez vendiendo esto, no es mucho esperar un par de meses”, se dijo.

Continuará...

domingo, 18 de abril de 2021

El códice y el robobo (24)

Capítulo 19.- Cuatro ojos ven más que dos
 
Coro no estaba dispuesta a contarle a Ioseba Rena los avances en sus pesquisas sobre el robo pero tenía que hacer alguna concesión para que confiase en ella y le dijera lo que sabía. Las imágenes y el audio eran piezas de un rompecabezas que había que encajar, pero sin ayuda de alguien que conociera el lugar y a la gente que entraba y salía, no iba a sacar nada en claro.
 
Así que le noveló los hechos y le ofreció una versión creíble, o al menos, lo suficiente como para que no levantara sospechas. Le explicó que había estado visionando las cintas desde su puesto de trabajo (lo cual era una soberana mentira) e intentó describirle las imágenes y los sonidos que había captado.
 
- Mira chica. La única que entró a continuación de ti fue la Ambrosia y esta mujer, como le dije a los civiles, no ha podido hacer nada malo, ni cantar siquiera
- Hay algo que me mosquea bastante – musitó Coro, pensando en voz alta- y es un sonido que acompaña a esta persona cuando abandona la sala. Algo así como un “ñiqui ñiqui ñiqui”... como si estuvieran moviendo un artilugio mecánico o metálico...
- ¡Ah bueno! - sonrió Rena- Eso debe ser el carrito de la Ambrosia, el que usa para cargar papeles... Se los lleva a su muchacho, un desgraciao el rapaz, que no vale ni para trabajar ni para estudiar, pero ¡a ver que va a hacer la mujer! !Es su hijo, y los hijos no se escogen...!
- ¡Un carrito! - exclamó alborozada- ¿Cómo no se me había ocurrido antes? ¡Claro que sí! ¡Ese es el sonido de fondo! ¡La Ambrosia empujando un carrito!
- ¡Eh, eh! -apuntó Rena- no te embales. Te he dicho que la Ambrosia es incapaz...
- Ioseba- le interrumpió-, no puede ser de otra manera. Es una mujer, que sabemos que estuvo allí, que canta copla y que empuja un carrito...
 
Ioseba se quedó pensativo. Quizá estaba equivocado respecto a la Ambrosia. Quizá no era el tipo de mujer que él pensaba. O quizá el sinvergüenza de su hijo la obligaba a robar para pagar sus vicios o...
 
Fue entonces cuando tomó una determinación. Tendría que convencerse por si mismo de si la Ambrosia era o no una mujer honesta, si no lo hacía así, la duda permanente le sumiría en el más absoluto desconcierto. No tenía vuelta de hoja. Como buen vasco, su determinación era firme. 
 
Coro quedó espantada al saber sus intenciones. Ni remotamente había pensado en esta complicación y además, no le apetecía lo más mínimo contar con un socio en esta empresa. Sólo se lo había contado a Unai, al que conocía desde hacía muchos años, por si este le podía dar alguna información valiosa, como en efecto hizo; pero nada más. Ella no tenía la menor intención involucrar a nadie más en sus planes
- Verás -le dijo persuasiva-, es que puede resultar más complicado de lo que crees. Yo puedo informarte de mis avances, pero no me parece una buena idea que...
- Oye, chica, tú me has preguntado, yo te he contestado. Me puedo buscar un lío por esto y no estoy por la labor de quedarme al margen después de saber lo que sé.
- Si, pero creo que sería mejor...
- Nada, nada...Ya está decidido. Desde mañana nos ponemos a localizar el Códice ese, a ver quién es el que nos la está dando con queso... y Dios quiera que no sea la Ambrosia –dijo finalmente, suspirando, casi sollozando.
 
Coro resopló con resignación porque no veía la manera de quitarse de encima a ese inesperado colaborador que se había sumado a la fiesta sin haber sido invitado. De momento iba a dejarlo así. Más adelante ya decidiría lo que fuera.

Continuará...