Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...

martes, 2 de junio de 2020

Explosión en Arapiles


La Plaza del Conde del Valle de Suchil y su adyacente calle de Arapiles, en Madrid, han servido de escenario de numerosas películas. Yo mismo he sido testigo de alguno de esos rodajes con toda la parafernalia que se monta alrededor: coches, vestuario, cámaras, cables, actores, personal auxiliar, etc. Pero en la película que ahora os voy a contar yo era el único actor, había muy poca gente en la zona, y la explosión se oyó en muchos metros a la redonda. Así sucedieron los hechos…

Cuando era niño me gustaban  mucho los explosivos: los petardos con mecha, los mini cohetes, los “mixtos” que eran unos papelillos con un pedazo de pólvora que al rascarlos empezaban a petardear... y unos nuevos petardos que habían salido que tenían forma de hatillo, en cuyo interior estaba el explosivo y había que estrellarlos con fuerza contra el suelo para que explotaran. Recuerdo que jugábamos muchas veces tirándonos unos a otros estos petardos a los pies y haciéndolos explotar mientras el atacado pegaba un salto más por el susto que por el peligro real.

Un día volvía contento a casa, por la calle Arapiles, con una buena provisión de esos petardos en mi bolsillo. Tan contento iba que caminaba al trote, balanceando los brazos alegre. Pero en uno de esos balanceos, mi mano golpeó el bolsillo y... ¡Boooom! Explotaron todos dentro de mi bolsillo.

La gente se volvió asustada por aquél estruendo y yo aceleré el paso tratando de disimular al más puro estilo “yo no he sido, ¿qué ha pasado? Yo acabo de llegar”. Pero también aceleré el paso para llegar cuanto antes a casa porque sentía un escozor no muy agradable en mi muslo. Al llegar a casa miré el bolsillo y estaba completamente chamuscado y mi muslo lleno de puntitos negros, como granitos de pólvora incrustados en la piel. La explosión fue de campeonato, aunque a mí me hubiera gustado provocarla de otra manera.

lunes, 1 de junio de 2020

El misterio de Falcon Crest


A todos los amantes de aquella popular y mítica serie de televisión, Falcon Crest, hay que recomendarles este libro, y también a todos aquellos que piensan que determinados escritos esconden una doble lectura, un mensaje oculto. Porque esto es lo que ha sucedido con Falcon Crest.

Como nos cuenta el autor de “La Biblia de Falcon Crest”, los guionistas de esta serie –bien fuera de forma intencionada o inconsciente- escribieron una doble historia porque todos los episodios están salpicados de frases que esconden un mensaje paralelo, una doble historia que se nos cuenta episodio tras episodio. Son mensajes claramente subliminales que ahora, por fin, han sido desvelados al público.

Lo que aparentemente era una serie de entretenimiento, con personajes ambiciosos, inmorales, promiscuos, etc., era tan solo un atrayente envoltorio para captar a los espectadores y depositar de forma discreta, en el fondo de sus conciencias, los más altos valores. Un relato que no dejará indiferente a nadie.

La Biblia de Falcon Crest”, de Vicente Fisac.
Disponible en Amazon (www.amazon.es) en ediciones digital e impresa.

domingo, 31 de mayo de 2020

Cuando me regalaron un millón


Tenía nueve años y acaba de venir a vivir a Madrid. Yo era un chico de pueblo, bastante inocente, vamos, un “pardillo” que se dice (como ahora, aunque ya tenga más de 70 años). En el colegio me hice amigo de un tal Óscar, que era venezolano, cuya familia tenía mucho dinero y debía ser verdad. En ocasiones iba a su casa a jugar, un piso lujoso y amplísimo en la calle Guzmán el Bueno, en donde no sólo se veía el lujo en los muebles y en el propio piso, sino también en todos los juguetes que tenía: nunca había visto unas reproducciones tan grandes y perfectas de dinosaurios de goma (debían ser carísimas), y a pesar de su corta edad tenía su tocadiscos propio y muchos discos, además como ya digo de todo tipo de juguetes. Un día, por ejemplo nos fuimos dos amigos con él a visitar una feria y nos lo estábamos pasando bomba montando en todo... hasta que a mi amigo y a mí se nos acabó el dinero que nos habían dado nuestros padres. Entonces él dijo que no importaba, que nos invitaba. Y así fue, y seguimos mucho tiempo más divirtiéndonos los tres y pagando sólo él.

Como nos llevábamos tan bien, un buen día me dijo que me iba a regalar un millón de pesetas (eso sería ahora como decirte que te van a regalar un millón de euros). Me quedé alucinado y... me lo creí. Cuando llegué a casa corrí loco de contento a darle a mis padres la buena nueva: nos iban a regalar un millón de pesetas. Naturalmente mis padres se lo tomaron a broma (“cosas de chicos”, dijeron) lo cual me desconcertó, porque yo confiaba en mi amigo, sabía que su familia tenía mucho dinero, y me había tragado su embuste hasta el final.

Poco a poco, y según fueron pasando los días sin que mi amigo volviese a tocar el tema, me fui dando cuenta que todo había sido una tomadura de pelo, pero me resultó muy útil aquella experiencia para descubrir de qué pasta están hechos los seres humanos y una buena parte de mi inocencia (aunque no toda, afortunadamente) murió aquél día.