Capítulo 117.- Medidas drásticas
Tras pasar revista a los
recién llegados y mostrar un gesto de contrariedad por la fuga de Pedro Bareta,
Don Peridone se dirigió a la Fermi:
- Fermi, perché pensi che
pagare così tanto per la vostra meloni e quello che dici non si può mangiare?
- No sé, señor, a mí eso
no me importa mientras yo reciba un buen dinero para asegurar el futuro de mi
hijo.
- E tu Jacinto, hai pensato
che fossi stupido e non ho capito che stavano aumentando la superficie dietro
di me e fare affari per conto proprio?
Jacinto tragó saliva.
El capo, más en su papel
que nunca, chasqueó los dedos y varios de sus esbirros se dirigieron a uno de
los coches, sacaron unas mantas que extendieron en el suelo, después sacaron
unas cestas y de ellas unas copas y unas botellas de champaña que... ¡no podían
ser de otra marca, eran “Dom Pérignon”!
Les invitó a sentarse
como si de una comida campestre se tratara.
- So che hai molte domande
per me, quindi ho intenzione di riassumere brevemente.
Don Peridone les explicó
cómo habían descubierto de chiripa –como todos los grandes descubrimientos de
la historia- que si a los melones se les echa una dosis 20 veces mayor del
funguicida etirimol, su pulpa una vez liofilizada y mezclada con ciertos
ingredientes tenía unas propiedades muy especiales. Por ejemplo, a los chinos
les servía para disolver manifestaciones ya que sus gases provocaban que se les
cerrasen más aún los ojos y así la policía podía dar rienda suelta a sus
porras. Pero también ese extracto, debidamente formulado y mezclado con
otros ingredientes, podía acelerar o frenar los movimientos
peristálticos del intestino, esto es, provocar diarrea o estreñimiento. El
zorro de McKarran se había dado cuenta que lejos de servir para controlar esas
situaciones lo que hacía era descontrolarlas del todo y eso significaba que
aquél que lo tomaba se convertía en un paciente crónico de una nueva
enfermedad: el síndrome del colon irritable. Gracias a esta nueva enfermedad
producida por el Giñaplus y toda la gama
de versiones del mismo, el laboratorio se aseguraba un número creciente
de pacientes que serían crónicos, es decir, para toda la vida; o sea, negocio
asegurado a largo plazo: Giñaplus suelta y hay que tomar Taponmax para cortar,
y como corta tanto hay que volver a tomar Giñaplus para que suelte y como no se
para, Taponmax otra vez... y así hasta el infinito.
Con el mercado español no
había problemas, pero para abastecer el mercado internacional habían ideado un
sistema mediante el cual escondían el extracto de etirimol en melones de madera
que eran exportados debidamente cubiertos por unos cuantos melones auténticos
para no despertar sospechas. El negocio marchaba tan bien, que pronto los
melonares de la Fermi y Jacinto se quedaron pequeños, pero la ambición de
Jacinto le llevó a hacer competencia desleal, y preparó nuevas parcelas fuera
de la tutela de Don Peridone, vendiendo su producto al propio laboratorio e
incluso a algunos clientes de las repúblicas soviéticas, atrayendo así el
interés de otras mafias.
- In questa situazione, -
explicó el capo- si deve prendere una decisione drástica.
Y esa situación drástica,
según explicó, era la de trasladar la producción a otro país y borrar aquí
cualquier rastro, de tal forma que al día siguiente recolectarían por última
vez la cosecha de la Fermi y arrasarían todas las tierras de Jacinto
independientemente del cultivo que hubiese en ellas.
- Pero ni yo ni mi melonar
le hemos hecho na a usted –gritó la Fermi.
- Tranquila Fermi –dijo,
esta vez en español- tu melonar quedará como un churrasquito pero tu cuenta
corriente como la del tío Gilito –y
sonrió viendo con qué facilidad le había
salido un pareado- Ma nel caso di Jacinto vostro premio sarà a vedere i vostri
campi distrutti.
Chasqueó de nuevo los
dedos y varios esbirros mostraron la carga de una de las furgonetas: una
completa colección de lanzallamas. Un leve parpadeo del jefe y ésta se puso en
marcha hacia la finca de Jacinto para convertirla en barbacoa. Jacinto, que ya
no tenía más saliva para tragar, intentaba tragarse su propia campanilla.
Acto seguido, otro de los
esbirros le acercó un maletín y este se lo mostró a la Fermi invitándola a
abrirlo. Al hacerlo, la Fermi se desmayó al comprobar cómo estaba repleto de
billetes, cayendo sobre los brazos de Andrea Canoli.
Don Peridone también tuvo
palabras para Pifa. “Ha dimostrato un grande valore”, dijo y le comunicó que
hablaría con sus contactos para que, si lo deseaba, lo nombrasen presidente del
sindicato de controladores aéreos.
Pifa sonrió pensando que
eso era lo máximo a que podía esperar: un sueldazo, poder y mando y... no dar
ni un palo al agua.
Después, dirigiéndose a
la Bestia le dijo: “Silvester, guardare Jacinto”. Y la Bestia se pegó como una lapa a Jacinto
que, tragada ya la campanilla, pasaba ahora a intentar tragarse su propia nuez.