Hoy en "El eco de Fisac" puedes leer...

miércoles, 3 de marzo de 2021

Un cadáver exquisito (122)

Capítulo 119.- No lo abandones; él no lo haría, pero Kurkowsky sí

Cuando Toribio vio el escaparate del mesón “Rocinante”, con una amplia exposición de quesos y embutidos típicos de la tierra, empezó a babear mientras –como un zombi- se pegaba a los cristales musitando algo así como “mi garitaaa... mi garitaaa... choppeeed... choppeeed...”.
Kurkowsky no se lo pensó dos veces. Aprovechó ese instante y pegó un acelerón como el de Fernando Alonso en el circuito de Monza cuando pasó de la cuarta posición a la primera antes de llegar a la primera curva. Toribio se quedó abandonado como los perros y los abuelos. Sin duda, cuando el Gobierno hiciese la próxima campaña de “No los abandones. Ellos no lo harían” contra el abandono de mascotas, podrían poner la imagen de Toribio allí solo, abandonado… y sin poder hincar el diente a los embutidos porque un cristal se lo impedía y además no llevaba ni documentación ni dinero.
Pero la soledad de Toribio duró poco tiempo. Unos segundos después aparecía allí el Land Rover de la Guardia Civil con el sargento Miñambres y los agentes Chencho y Peláez.

martes, 2 de marzo de 2021

Un cadáver exquisito (121)

Capítulo 118.- No hemos terminado aún, bailaremos sin parar, hasta la noche acabar. Tu tu tu tuuuu
 
La verdad es que esas últimas horas habían sido más intensas que todos los años que ya llevaba casado con Violeta, pensaba Pedro Bareta en el Hummer en dirección a su casa.
Aunque se lo contase a alguien… nadie le creería.
Había quemado su chalet en la sierra y casi el de su jefe -que poco había faltado-, estuvo a punto de achicharrar a sus hijos dentro, arrancó un bidet y lo empotró sobre  la  puerta  del baño para poder salir, había sufrido un principio de infarto, había descubierto que su mujer le ponía los cuernos con su jefe y vecino, que este tenía negocios de legalidad dudosa, se había enfrascado en una pelea múltiple en una habitación de hospital, estaba colaborando con un ruso agente doble, acababa de robar un Hummer y había entrado en los archivos de sus empresa con una identidad falsa robando documentación y borrando como un James Bond cualquier pista que le involucrara… ¡que movidón!
Pero ahora... tenía que poner a Violeta, Violetita, en su sitio. “¡Se va a cagar ese putón verbenero!... ¡Un nuevo Pedro Bareta esta en la ciudad!”, pensó.
Mientras se generaban estas reflexiones de subidón adrenalítico… Kurkowsky estaba pensando que era mejor darse la vuelta, olvidar lo que pudiera estar pasando en Tomelloso y tener controlado al Bareta que tenía más peligro que una piraña en un bidé. Además estaba loco por deshacerse del tonto que tenía de acompañante. “¡Que hostias! –pensó-. Lo dejo tirado aquí mismo. Y que le den”.
Se dirigió a Toribio y le dijo:
- Mire usted, voy a dar la vuelta para ir a ese bar… a mí me está entrando hambre. Vamos a parar a comer algo. ¿OK?
- Naturaca… -le contestó Toribio, que sólo mentarle la palabra comer hacía que se le aparecieran cerditos volando alrededor de su cabeza.
Kurkowsky dio la vuelta y se metió en el aparcamiento del mesón “Rocinante”. Abrió la puerta del coche y lo invitó a salir. En ese momento, por la carretera apareció el Land Rover de Miñambres, Chencho y Peláez. Este último, que iba mirando, reconoció a Torribio y gritó:
-¡Pa pa pa paraaa! ¡El el To to ribio a allí allí está!
El sargento Miñambres, que también los vio, dio la orden:
- Para, Chencho, da la vuelta, que hemos pillau a unos pajaricus.
Chencho pegó un frenazo en seco, “¡iaaaahhhhhhh!” y dio  la vuelta  cantando:  “Pajaritos, a  bailar  cuando  acabas  de nacer, tu colita has de mover, tutututuuuu…”.

lunes, 1 de marzo de 2021

Un cadáver exquisito (120)

Capítulo 117.- Medidas drásticas
 
Tras pasar revista a los recién llegados y mostrar un gesto de contrariedad por la fuga de Pedro Bareta, Don Peridone se dirigió a la Fermi:
- Fermi, perché pensi che pagare così tanto per la vostra meloni e quello che dici non si può mangiare?
- No sé, señor, a mí eso no me importa mientras yo reciba un buen dinero para asegurar el futuro de mi hijo.
- E tu Jacinto, hai pensato che fossi stupido e non ho capito che stavano aumentando la superficie dietro di me e fare affari per conto proprio?
Jacinto tragó saliva.
El capo, más en su papel que nunca, chasqueó los dedos y varios de sus esbirros se dirigieron a uno de los coches, sacaron unas mantas que extendieron en el suelo, después sacaron unas cestas y de ellas unas copas y unas botellas de champaña que... ¡no podían ser de otra marca, eran “Dom Pérignon”!
Les invitó a sentarse como si de una comida campestre se tratara.
- So che hai molte domande per me, quindi ho intenzione di riassumere brevemente.
Don Peridone les explicó cómo habían descubierto de chiripa –como todos los grandes descubrimientos de la historia- que si a los melones se les echa una dosis 20 veces mayor del funguicida etirimol, su pulpa una vez liofilizada y mezclada con ciertos ingredientes tenía unas propiedades muy especiales. Por ejemplo, a los chinos les servía para disolver manifestaciones ya que sus gases provocaban que se les cerrasen más aún los ojos y así la policía podía dar rienda suelta a sus porras. Pero también ese extracto, debidamente formulado y mezclado con otros  ingredientes,  podía acelerar o frenar los movimientos peristálticos del intestino, esto es, provocar diarrea o estreñimiento. El zorro de McKarran se había dado cuenta que lejos de servir para controlar esas situaciones lo que hacía era descontrolarlas del todo y eso significaba que aquél que lo tomaba se convertía en un paciente crónico de una nueva enfermedad: el síndrome del colon irritable. Gracias a esta nueva enfermedad producida por el Giñaplus y toda la gama  de versiones del mismo, el laboratorio se aseguraba un número creciente de pacientes que serían crónicos, es decir, para toda la vida; o sea, negocio asegurado a largo plazo: Giñaplus suelta y hay que tomar Taponmax para cortar, y como corta tanto hay que volver a tomar Giñaplus para que suelte y como no se para, Taponmax otra vez... y así hasta el infinito.
Con el mercado español no había problemas, pero para abastecer el mercado internacional habían ideado un sistema mediante el cual escondían el extracto de etirimol en melones de madera que eran exportados debidamente cubiertos por unos cuantos melones auténticos para no despertar sospechas. El negocio marchaba tan bien, que pronto los melonares de la Fermi y Jacinto se quedaron pequeños, pero la ambición de Jacinto le llevó a hacer competencia desleal, y preparó nuevas parcelas fuera de la tutela de Don Peridone, vendiendo su producto al propio laboratorio e incluso a algunos clientes de las repúblicas soviéticas, atrayendo así el interés de otras mafias.
- In questa situazione, - explicó el capo- si deve prendere una decisione drástica.
Y esa situación drástica, según explicó, era la de trasladar la producción a otro país y borrar aquí cualquier rastro, de tal forma que al día siguiente recolectarían por última vez la cosecha de la Fermi y arrasarían todas las tierras de Jacinto independientemente del cultivo que hubiese en ellas.
- Pero ni yo ni mi melonar le hemos hecho na a usted –gritó la Fermi.
- Tranquila Fermi –dijo, esta vez en español- tu melonar quedará como un churrasquito pero tu cuenta corriente como la del tío Gilito  –y sonrió viendo con qué  facilidad le había salido un pareado- Ma nel caso di Jacinto vostro premio sarà a vedere i vostri campi distrutti.
Chasqueó de nuevo los dedos y varios esbirros mostraron la carga de una de las furgonetas: una completa colección de lanzallamas. Un leve parpadeo del jefe y ésta se puso en marcha hacia la finca de Jacinto para convertirla en barbacoa. Jacinto, que ya no tenía más saliva para tragar, intentaba tragarse su propia campanilla.
Acto seguido, otro de los esbirros le acercó un maletín y este se lo mostró a la Fermi invitándola a abrirlo. Al hacerlo, la Fermi se desmayó al comprobar cómo estaba repleto de billetes, cayendo sobre los brazos de Andrea Canoli.
Don Peridone también tuvo palabras para Pifa. “Ha dimostrato un grande valore”, dijo y le comunicó que hablaría con sus contactos para que, si lo deseaba, lo nombrasen presidente del sindicato de controladores aéreos.
Pifa sonrió pensando que eso era lo máximo a que podía esperar: un sueldazo, poder y mando y... no dar ni un palo al agua.
Después, dirigiéndose a la Bestia le dijo: “Silvester, guardare Jacinto”. Y  la Bestia se pegó como una lapa a Jacinto que, tragada ya la campanilla, pasaba ahora a intentar tragarse su propia nuez.