“Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
no podré morir nunca.
Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
no podré morir nunca.
Morirán los que nunca jamás sorprendieron
aquel vago pasar de la loca alegría.
Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
no podré morir nunca”.
Ahora bien, que nadie piense que sentir así es algo fácil; todo lo contrario, requiere esfuerzo y trabajo diario. En ese mismo poema él también lo reconoce:
“Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
muchos siglos de olvido y de sombra constante,
muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
a la yerba que encima de mí balancea su fresca verdura”.
No desesperes, pues, y sigue dándole a tu espíritu la oportunidad de salir de su encierro.
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