miércoles, 11 de enero de 2017

El toro con tetas

Siempre me he sentido como un gran explorador; a ello contribuyeron sin duda todas las películas de aventuras que vi desde mi niñez. Por esto no es de extrañar que me haya gustado la naturaleza y me haya aficionado a la caza fotográfica. Sin embargo mi última aventura en este sentido resultó un tanto insólita.

Había ido al puerto de Canencia. Aparqué el coche en las explanadas que habían habilitado para ello. Junto a los coches se agolpaban decenas de familias, todas ellas cargadas de niños, de mesas, de sillas, de neveras portátiles, de transistores, de pelotas. El hacinamiento y el griterío resultaban ensordecedores, pero allí estaban todos, dispuestos a pasar un día de campo... rodeados de una muchedumbre y pegados a su coche y a todos los demás coches que había en el aparcamiento.

Afortunadamente yo no soy así, y tan pronto aparqué el coche me alejé lo más rápido que pude. Me adentré en el bosque y, sorprendentemente, a los cinco minutos de caminata por un sendero de tierra que discurría por el bosque, dejó de oírse la algarabía infernal del aparcamiento. Ya estaba, pues, en plena naturaleza, dispuesto a disfrutar de un día de campo y a practicar la caza fotográfica. Ya solo me cruzaba de tarde en tarde con alguna otra persona de esas que de verdad aman la naturaleza, no como tantas otras que van al campo para estar... en el aparcamiento.

Media hora después alcancé una gran pradera bellamente salpicada de rocas con las más variadas formas y tamaños. También había algunos árboles y diversas agrupaciones de arbustos, así como un pequeño riachuelo que serpenteaba y brillaba bajo el sol. Pero yo había ido a cazar y allí a lo lejos se divisaban mis presas: una enorme manada de toros bravos.

La prudencia me aconsejaba elegir algún ejemplar que se encontrase un poco apartado del resto y que estuviese distraído con otras cosas, no fuera que le diera por embestirme. Tras una inspección visual de la manada, encontré un magnífico ejemplar de toro bravo, negro zaino y de poderosa cornamenta, el cual estaba bastante apartado del resto junto a un pequeño ternero. Además, por aquella zona había algunos arbustos que me podían servir para acercarme sin llamar mucho su atención.

Así lo hice y cual indio sioux acercándose a los bisontes, o cual avezado cazador de safaris en África, fui saltando sigilosamente de matojo en matojo, conteniendo la respiración. Pero eso sí, que conste que como buen profesional siempre avanzaba en contra del viento, no a favor, para que mi presencia no alertara a las fieras. Y por fin llegué hasta su altura. Ya sólo me separaban unos pocos metros. El enorme toro no se había dado cuenta o si lo había hecho no le había dado importancia a mi presencia. El caso es que allí lo tenía, dispuesto a ser el blanco perfecto para una inmortal fotografía.

Preparé la cámara y disparé varias fotos. El toro aparecía tranquilo junto al ternero y yo había conseguido mi preciado tesoro fotográfico. Deshice, pues, el camino andado (casi diría mejor el camino gateado) y me puse a salvo de tan temible fiera. Me senté en unas rocas, lejos ya de la manada, y me dispuse con satisfacción a ver con detalle, en el visor de mi cámara, las fotografías que había tomado. Eran perfectas. El toro se veía con claridad, su majestuosa presencia, su brillante pelo negro, sus enormes cuernos, sus... pero ¿qué era eso? Toqué los dispositivos de la cámara para ampliar un detalle que llamaba poderosamente mi atención y cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que en la parte baja de aquél imponente toro asomaban... unas ubres. ¡No era un toro, sino una vaca! Pero os juro que daba el pego; yo al menos, nunca había visto una vaca negra y con tan enormes cuernos. Por si no me creéis, aquí os dejo una de aquellas fotos. 

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