martes, 24 de febrero de 2015

La persona que no escribe no tiene pasado

¡Ahí es nada! Un buen tema para desarrollar, y además íntimamente ligado a mis circunstancias: siempre me ha gustado escribir relatando cuanto me acontecía, cuanto sentía, cuanto pensaba. Pero veamos por qué he elegido este tema.

Estaba leyendo un libro –su título y argumento no vienen al caso- y en una de sus partes dice –resumiendo- lo siguiente:

De la infancia y juventud se recuerdan muy pocos incidentes, y estos pocos, eso sí, bastante bien recordados. Pero ¿y esos otros millones de momentos, de impresiones, que no se pueden recordar? Ciertamente esos pocos incidentes mencionados constituyen una fracción tan pequeña que no pueden ser representativos de la facultad de recordar. ¿Por qué se recuerdan unos pocos acontecimientos? Si los analizamos, nos daremos cuenta que dichos sucesos dieron mucho que hablar y, periódicamente, en años posteriores,  fueron saliendo de forma constante como tema recurrente de conversación. Seguramente quedó relacionado con algo físico (cicatrices, fotografías, etc.). En definitiva, esas escenas que iban camino de desvanecerse fueron revividas periódicamente, con lo que sus detalles y coloridos memorísticos se fortalecieron. De esta forma, cada vez que queremos rememorar una vez más uno de aquellos acontecimientos, tan sólo hay que “ir” a la última vez en que lo trajimos de actualidad sin necesidad de remontarnos a la época real en que aquello sucedió.

Después de leer esto, nos daremos cuenta, primero, de la gran cantidad (casi toda) de vida que henos olvidado y, segundo, que los sucesos vivamente afincados en el “recuerdo” se ajustan a los patrones antes señalados. De ahí que vaya cobrando más sentido el título de este comentario.

Cada vez que nuestras emociones son reflejadas en el papel, y periódicamente leídas, dichas escenas van afianzando sus “detalles y coloridos” y pueden recordarse perfectamente actualizadas pese al tiempo transcurrido. Por ello, cuanto mayor es la cantidad de vida vertida en el papel, mayor es la cantidad de pasado que contemplan nuestros ojos.

La persona que escribe (que transcribe su vida al papel) es una persona con un rico pasado. Pero ¿sirve esto para algo? Evidentemente sí, pero sólo si es así deseado.

El amplio conocimiento del pasado no es otra cosa que un amplio conocimiento de nosotros mismos; y si no nos conocemos ¿cómo vamos a mejorarnos? ¿Puede perfeccionar un motor alguien que no entiende de mecánica?

Si somos conscientes de que nuestra estancia (paso) en esta existencia debe servir para perfeccionarnos, para ser mejores, resulta obvio hincar que cualquier medio que nos permita llegar al fin propuesto debe ser aprovechado.

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